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Entre ciencia y religión, un conflicto de un solo lado Imprimir
Escrito por Adolfo Orozco Torres   
Domingo 26 de Octubre 2008

LA CIENCIA ANTE LA FE

Image Lo irracional no deja de ser una actitud común entre cierto sector de ateos fundamentalistas que desean enfrentar a la ciencia con la religión.

Por  Adolfo Orozco Torres

«¡Dios no existe!», exclamó exultante Yuri Gagarin, cuando el 12 de abril de 1961 se convirtió en el primer ser humano en circunvolar la Tierra fuera de la atmósfera terrestre. «He salido al espacio, y no lo he visto». Pero lo que en realidad Gagarin estaba manifestando no era la prueba de la falsedad de la existencia de Dios, sino su inmensa ignorancia sobre quién y cómo es Dios, y su inmensa soberbia al creer que por subirse a un aparato mecánico iba a resolver el problema que ha mantenido ocupados a miles de pensadores a lo largo de la historia. Sin embargo, con todo lo irracional que esta actitud es, no deja de ser una actitud común entre cierto sector de ateos fundamentalistas que desean enfrentar a la ciencia con la religión en su pretensión de «demostrar científicamente» que Dios no existe, por medios experimentales, sin tomar en consideración el error metodológico implícito: Dios, al ser, por definición, el Ser espiritual por excelencia, está más allá del alcance de los métodos experimentales que sólo pueden estudiar la materia, la energía y las interacciones entre ambas.

Acabo de participar en una magnífica conferencia impartida por el doctor John Jackson sobre su visión de las Relaciones entre ciencia y religión como científico católico. El doctor Jackson fue el líder del «Proyecto de Investigación del Lienzo de Turín» que en 1978 realizó el más largo y más intenso estudio de la Sábana Santa durante cinco días completos. En su presentación, Jackson expuso tres de los elementos actuales que la ciencia está estudiando y que señalan la existencia de una realidad trascendente pues son datos para los que la ciencia no tiene explicación.

Estos hechos son el llamado Big bang o «La Gran Explosión» que dio origen al Universo; el «Diseño Inteligente» de la naturaleza, manifestado en todas sus escalas, desde la estructura más pequeña de la materia hasta los inmensos cúmulos de galaxias que giran en una danza elegante y armoniosa manifestando una belleza y grandiosidad que sólo pueden ser producto de una inteligencia infinita; y el llamado «Principio Antrópico», propuesto por el cosmólogo Brandon Carter en los años 60 y que pone de manifiesto que las constantes fundamentales del universo están tan «finamente sintonizadas» para dar lugar al surgimiento de la vida en general y de la vida inteligente en particular, que es matemáticamente imposible que esto sea producto de la casualidad, por lo que nuestro universo fue creado para dar lugar al surgimiento de la vida humana.

Estos hechos llevan a concluir al doctor Jackson que el universo fue creado para el surgimiento en él de un ser excepcional, capaz de darle sentido a esta inmensa y maravillosa creación, y que este ser excepcional no puede ser otro que Cristo; así que, aun partiendo desde el ángulo de la ciencia, se puede llegar al concepto «Cristo-céntrico» al que se llega desde el lado de la teología. Otro gran científico, Sheldon Glashow, en los mismos años 60, dijo que —palabras más, palabras menos— «los científicos han estado escalando trabajosamente la montaña del estudio del universo, y cuando después de siglos de esfuerzos, fracasos y éxitos van llegando cansados, y extenuados a la cumbre, es grande su sorpresa al descubrir que los teólogos tenían siglos instalados ahí, discutiendo los atributos de Dios y de la creación».

Muy bien aclara el doctor Jackson que la ciencia tiene una limitación fundamental, que sólo puede ser superada por la filosofía y por la teología y que se refiere al ¿por qué?, y yo añadiría el ¿para qué? La ciencia nos responde, como bien menciona John —y no creo que ningún científico disienta de esa afirmación—, el ¿quién?, ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿dónde?, pero lo que la humanidad se ha preguntado desde el principio de su existencia —y es la primera pregunta que se hace—  es ¿por qué? y la segunda pregunta siempre ha sido ¿para qué? Y la respuesta a estas preguntas está fuera del alcance de la ciencia, y aunque muchos científicos —y no científicos— prefieren ignorar estas preguntas, esa indiferencia o ceguera voluntaria no elimina la realidad de que éstas son las preguntas fundamentales de la humanidad.

Desde mi punto de vista el «conflicto entre ciencia y religión» es un conflicto de un solo lado. Hablando como creyente católico, considero que no puede existir un conflicto real entre la investigación científica de la naturaleza, creada por Dios y la fe en la existencia de un Dios creador del universo, pues, en palabras de Galileo a la Gran Duquesa Cristina, «entre el libro de la naturaleza y el libro de la Revelación no puede haber contradicción pues ambos tienen el mismo autor». Por lo tanto, para el creyente, ambos enfoques son convergentes y cualquier aparente conflicto es resultado de una mala interpretación —como fue el caso de Galileo y los teólogos de su tiempo— de alguna de las dos partes y no de una inconsistencia intrínseca entre estos dos campos del conocimiento. Así pues, para el creyente no puede existir un conflicto real entre la ciencia y la religión.

Sin embargo, para el ateo, o el agnóstico radical que parte de «su dogma» de que «Dios no existe» y por lo tanto no existe ninguna realidad sobrenatural, cualquier intento por conciliar estos campos del conocimiento y de la experiencia humana estará basado en sofismas. Los fundamentalistas ateos, como Richard Dawkins, no sólo creen que el 90% de la humanidad está equivocada y vive en el error y el engaño, sino que, además —sin considerar el derecho de cada quien a pensar libremente—, se cree en el deber de atacar activa y agresivamente cualquier tipo de creencia en Dios en un mundo basado en una concepción religiosa de la realidad. Existen, desde luego, también los fundamentalistas religiosos anti científicos como los creacionistas, quienes pelean por su «derecho» a enseñar su concepción del mundo y se oponen a la teoría de la evolución. Así, el conflicto entre la ciencia y la religión es más bien un conflicto entre estos dos fundamentalismos.

Quisiera concluir citando a dos grandes hombres que considero incuestionables como científicos: Albert Einstein y Philip Collins. Einstein nos dijo que «la ciencia sin religión es ciega, pero la religión sin ciencia es coja». El doctor Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, nos dice en su magnífico libro El Lenguaje de Dios: «Para mí, el ser científico no me hace menos creyente, y el ser creyente no me hace menos científico».

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