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Escrito por Carlos Díaz   
Domingo 16 de Septiembre 2007

CULTURA

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Desde luego, si frunciésemos el ceño a lo largo de mucho tiempo, terminarían saliéndonos arrugas entre las cejas.

Por Carlos Díaz

Desde luego, si frunciésemos el ceño a lo largo de mucho tiempo, terminarían saliéndonos arrugas entre las cejas. Con esto tampoco queremos pasarnos a las filas de Giovanni Papini, según el cual, si llevásemos durante muchos años puesta la máscara de Rafael sobre nuestro rostro, terminaríamos pintando tan bien como él y con su mismo estilo. De lo que no cabe duda es de que si haces por comenzar a cantar terminarás alegrándote: la función, aunque no el órgano, sí al menos ayuda a crear el humor. Digamos, pues, con todas las reservas que queramos, pero digamos que al fin vamos a estar contentos porque tenemos humor sano, porque reímos. Eso ayudará.

Existe una costumbre social nueva: la risa. En nuestros días proliferan los maestros de  hacer reír, algo que antiguamente correspondía sobre todo a los payasos. En efecto, crecen y se multiplican los talleres de risa, a los que se apuntan los de treinta años en adelante, hasta los cincuenta, especialmente los talluditos solteros, separados, casados, y demás familia. Pagan porque les enseñen a reír. Pretenden ser talleres para la risa, pero no son más que talleres para reírse de ellos. Al término de la risa, nada. Reír por reír, algo tan penoso como llorar por llorar. Hacer unas risas, y después actuar como tontitos. Ahí los ves buscando en este simplismo la alegría que no han sabido extraer de la vida. Es el último espectáculo decadente de un mundo sin para qué. Y todo esto después de Platón y de Beethoven.

En un mundo des-virtuado y virtualizado, parece creerse que todo hábito de contentamiento o de alegría es un hábito virtuoso, pues hay gentes que parecen estallar de alegría realizando actos viciosos, perniciosos, dañinos, lesivos para sí mismos y para los demás. Sin embargo, no toda alegría puede ser reputada como hábito virtuoso; más diremos: hay alegrías que deberían ser lloradas como vicio horrendo, por ejemplo la alegría de quienes disfrutan explotando a los niños obligándolos a realizar trabajos esclavos -y no se olvide que muchos individuos viven explotando el trabajo infantil y haciéndose multimillonarios- mientras pasan por este pícaro mundo con la apariencia de santos y de benefactores de la humanidad...

Así pues, la alegría se convierte en hábito virtuoso únicamente cuando se orienta de forma permanente hacia el bien, es decir, hacia la plenitud tanto propia como de las demás personas, y no hacia su embrutecimiento o destrucción. Sólo entonces cabe hablar de alegría felicitaria, alegría capaz de hacernos felices. Aunque sufra, el sufrimiento del virtuoso es aceptado, maduro, digno de contento, alegre. Dicho de otro modo, la alegría es el resultado de una vida vivida conforme a la virtud: no hay posibilidad de virtud sin alegría, sea ésta interior, exterior, o interior y exterior. Así como un santo triste es un triste santo, es decir, un no-santo, así también un virtuoso triste sería un triste virtuoso, es decir, un no-virtuoso.

Muchos recuerdan aquella célebre vuelta de rosca que imprimiera a la sicología William James con su frase «no lloramos porque estamos tristes, estamos tristes porque lloramos». Así las cosas, podemos también nosotros preguntarnos del mismo modo si es antes el estar alegres y luego el reír o sonreír, o primero esto último y luego el estar alegres, pero nuestra respuesta no será la de James. En efecto, ante la virtud de la alegría carece de sentido plantear la cuestión de si somos buenos porque estamos contentos o si estamos contentos porque somos buenos, pues hay gentes que se alegran con alegría insana, y esa alegría insana no es una virtud sino un vicio, así que un vicio no nos puede poner moralmente alegres. No podemos estar moralmente alegres si ello es a costa de la decencia. La única alegría que puede reputarse humana es la que va vinculada a la virtud; sólo desde ella cabe decir que somos buenos porque estamos contentos, y que estamos contentos porque estamos queriendo mejorar cada día.


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