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LUCES Y AMORES
Los animales son peligrosos porque nosotros lo somos. Nada en ellos posee intención segunda y, así, resultan verdaderamente inocentes.
Por Alejandro Soriano Vallés
En estos franciscanos días es bueno recordar a los animales; a nuestro lado, casi siempre indefensos, expuestos al mal que brota del corazón de las personas. Quizá nadie como el Santo de Asís supo ver en ellos algo de la inocencia que perdimos con el Jardín del Edén. Obra divina, las bestias se encuentran despojadas de la malicia humana, y la crueldad que les atribuimos es sólo parte del modo con que, por disposición celeste, cuidan su existencia.
Los animales son peligrosos porque nosotros lo somos. Nada en ellos posee intención segunda y, así, resultan verdaderamente inocentes. Fue el hombre, causante con su desobediencia de todo el daño que se encuentra en la naturaleza, quien hizo de los brutos seres amenazadores.
Si mediante los ojos se descubre el alma, basta cruzar una mirada con las bestias que nos rodean para adivinar la ternura de san Francisco. De acuerdo con santo Tomás de Aquino, el universo tiene una jerarquía tal que, aproximándose al ente más complejo, el más sencillo busca a Dios. De esta manera, nuestras mascotas aspiran, en nosotros, al Padre del que vienen. ¡Cuán bella y terrible responsabilidad! Los ojos de las bestia entrevén a su Creador en el hombre al que sirven… o del que huyen. ¡Hay abismos de candor en el perro que alegre nos contempla, y en el horror del toro ferozmente masacrado en la plaza! El primero alaba con su entusiasmo a Dios, el segundo clama en su impotencia a Él. En los ojos de los brutos hay vestigios del Paraíso; lamentos por la caída del hombre; reliquias del amor con que, a través del pequeño Francisco, el Padre nos ama. |