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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 26 de Octubre 2008

CON PERMISO

Image Mantener con constancia las aficiones, hoy que se vive tan deprisa, es una labor de gran mérito.

Por Miguel Aranguren

Acabo de colgar en mi web las acuarelas que he pintado durante mis últimas vacaciones. Bien, durante esas semanas de vida relajada o los domingos me doy el gustazo de abrir un cuaderno para transformar la blancura inmaculada de la cartulina en un paisaje o en la mirada intrigada de un niño. El agua, que juega con los pigmentos de cada pastilla, parece la aliada de un alquimista ya que me permite transferir todos mis anhelos a la vitalidad del color. Después, con el tiempo, regalaré la acuarela a algún amigo que se case o que tenga un hijo, aun a riesgo de que no le guste un pimiento y termine mi obra pictórica en lo más profundo de un cuarto trastero.

Como ven, en este artículo me apetece echar flores sobre cada una de mis aficiones, porque de ellas he hecho la espina dorsal de mi vida. Ya de adolescente vislumbraba que algún día mis habilidades literarias y hasta la pintura terminarían por darme de comer. ¿Pero es que alguien puede vivir de lo que pinta o escribe? Depende, amigo, de lo que cada cual espere de la vida. Yo no sólo anhelo llenar de frijoles mi despensa sino que pasen los días con la conciencia de ser feliz. Y a ello me ayudan, sin duda, la pluma y los pinceles.

Mantener con constancia las aficiones, hoy que se vive tan deprisa, es una labor de gran mérito. Uno debe enfrentarse a todos aquellos que le miran mal por «perder» todo un día frente a un cuaderno. Lo malo es que esas miradas torvas en ocasiones llegan de quienes más queremos. Por eso, cuando me encuentro a los padres de algún muchacho con sensibilidad les suelo decir que si quieren matar a un músico, no tienen más que enrolarle en una cadena de montaje de automóviles. Después de ocho horas apretando tuercas, parece razonable que no le quede resuello para componer. O si quieren acabar con un poeta, pónganle a servir pizzas en un restaurante; verán que pronto se acaba la lírica…

El problema es que hemos transformado las aficiones en meros hobbies de fin de semana. Aquel que estaba loco por la botánica —pongo por ejemplo— se debe contentar con la eclosión casera de un hueso de aguacate. Para qué arriesgarse a más en un mundo lleno de miedos a vivir en libertad.

Conozco a un apasionado por los loros y las cacatúas. Sólo puede viajar a los reinos de estas bellas aves tropicales durante los años bisiestos, que es cuando logra ahorrar para comprar un pasaje de avión, contratar a un guía local y pagar el dineral que cuesta traerse a España un pajarito de colores. Este conocido tuvo que trasladarse a vivir a una casa de campo con su colección, pues sus vecinos le amenazaron con quemar su aviario y a cada uno de sus pájaros gritones. Además, me cuenta que ha roto relaciones con su madre y sus hermanos, que le acusan de perder todas las oportunidades de encontrar a una buena chica por dedicarse a los susodichos animales. «Antes quedarme para vestir santos», asegura, «que regalar al zoo una sola de mis cacatúas». «Pero date cuenta, Manolo, de que no encontrarás una mujer dispuesta a compartir su vida con un enjambre de periquitos», le advierte su mamá las pocas veces que hablan por teléfono. «Aficiónate al futbol, a los sellos, a los puzzles...». Pero mi conocido termina cada jornada entre sus libros de loricultura.

Bromas aparte, una de las carencias de nuestro sistema educativo es que presta muy poca atención a la excelencia. Salen los niños dispuestos a estudiar leyes, economía, marketing..., como si los hubiesen preparado en una máquina de hacer tortillas. Mucho libro, mucho inglés comercial, pero no reaccionan ante una obra de arte.

Avanzar en la práctica de las aficiones y convertirse en un profesional de cualquier otra disciplina conlleva tantos riesgos como aspirar a la corona de Inglaterra si uno ocupa el decimosegundo lugar de la línea sucesoria. Por esta razón despiertan tanta admiración los jóvenes que se abren un hueco en el cine, en el deporte, en los toros, en la literatura o en el juego de los bolos. Para ellos, arriesgar supone ya parte del triunfo. Si después la suerte les deja en la cuneta, les queda la posibilidad del hobby de fin de semana.

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