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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 19 de Octubre 2008

PÓRTICO

Image Edificar en el dinero es edificar sobre arena.  Palabras más, palabras menos, este fue el recado del Papa Benedicto XVI a algunos banqueros del mundo occidental, verdaderos paladines del desastre que hoy enfrentamos todos los pueblos de la tierra.

Por Jaime Septién

Edificar en el dinero es edificar sobre arena.  Palabras más, palabras menos, este fue el recado del Papa Benedicto XVI a algunos banqueros del mundo occidental, verdaderos paladines del desastre que hoy enfrentamos todos los pueblos de la tierra. Y con ellos, a los gobiernos y a los medios de comunicación. Los primeros, por no haber detenido la vorágine de egoísmo del dinero especulativo; los segundos, por difundir la imagen del éxito personal como un modo de ser alejado (cuando no exento) de la ética, de la moral y, en último término, del temor a Dios. El dios-dinero ha cobrado su trono a precio de hambre de millones que ni la deben ni la temen.

Una oleada de indignación nos invade: ¿por qué dejamos que se construyera sobre arena?  La respuesta es difícil, involucra muchas taras históricas y mucha dejadez por parte nuestra. Pero con ira tampoco se construye sobre roca firme. La evolución de los acontecimientos y de las dificultades por las que atraviesa México nos piden un modelo diferente que el de las conversaciones de café o los insultos a la autoridad. Nos piden acción o, más bien, renuncia.  La civilización de amor a la que estamos obligados a colaborar —como católicos en la vida pública— se consolida en el sacrificio personal, en la austeridad de no gozar de lo superfluo si alguien —mi vecino, mi prójimo— carece de lo necesario.

En los siguientes números de El Observador iremos dando una serie de pistas sobre qué tipo de sacrificios o renuncias podemos hacer; qué tipo de actividades podemos llevar a cabo; qué modelo de austeridad cristiana nos impone no tanto la crisis financiera sino la crisis moral que ha sido su productora y de la cual hemos de sentirnos responsables, porque somos humanos y nada de lo humano nos es ajeno. Al contrario: al compartir una misma tierra, nuestra condición de hijos del mismo Padre nos empuja a ser la vanguardia en un tiempo —como el nuestro— engarrotado por el miedo.

Adelanto algunas de estas renuncias: el televisor en la habitación; la ropa y los enseres domésticos que, estando en buen estado, ya no se usen; los alimentos de la canasta básica que podamos dejar de almacenar; las horas muertas de la tarde para trabajar en la parroquia o en el barrio; la lectura personal para leerle a otros...  Son acciones pequeñas.  Juntas habrán de cambiar nuestra comunidad y, ¿por qué no?, nuestro corazón en Cristo.

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