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UN DÍA EN EL SEMINARIO
Una mirada al seminario conciliar del arzobispado de México
Por Sergio Estrada
Por la calle de Victoria, a la altura del número 133 en el centro de Tlalpan, D.F., se erige un edificio al estilo siglo XV, el cual alberga al Instituto de Estudios Eclesiásticos, llamado comúnmente Seminario Mayor de la Arquidiócesis de México. Su construcción empezó el 12 de diciembre de 1689; durante la celebración de la fiesta de la Virgen de Guadalupe se colocó la primera piedra.
A la entrada del seminario una placa de bronce con los nombres y fechas de quienes lo inauguraron y cuándo le dieron apertura a este seminario, recibe a los visitantes. El padre Salvador González, quien es vicerrector de este plantel, nos recibió y nos condujo a una visita.
Quiénes pueden ser sacerdotes
En primera instancia, el padre Salvador comentó cómo se reconoce a un joven con esa inquietud de estar en el seminario: «El joven manifiesta inquietud vocacional. Él ha sentido, por su formación, por su experiencia personal, un llamado, y nosotros, desde la fe, consideramos que la persona está sintiendo ese llamado».
El Seminario Mayor es un lugar muy extenso donde no sólo caben los estudios de filosofía y teología, sino que el inmueble cuenta con una capilla bellísima, dedicada a la Inmaculada Concepción de María, en donde, a partir de las 6:45 de la mañana, los seminaristas tienen una oración íntima con Dios y, más tarde, se realiza una celebración eucarística todos los días, al filo de las 8 de la mañana, para después, alrededor de las 9, pasar a desayunar.
En el recorrido por los pasillos del seminario, el P. Salvador nos explicó las actividades complementarias de los seminaristas: «Al término del desayuno, aproximadamente a las nueve de la mañana y hasta las dos de la tarde, los alumnos reciben sus clases. Terminadas éstas, se lleva a cabo la comida, y de las 2:30 a las 4:30 hay un tiempo libre y la práctica de deportes como: futbol, voleibol, básquetbol o simplemente correr o un poco de pesas en el gimnasio, porque tenemos entrenador de estas actividades; después se vuelve al tiempo de estudio, tareas, investigaciones, y hacia las 7:20 se lleva a cabo el Rosario comunitario; a las 7:45 se hace la oración de la noche; de las 8:00 a las 8:30, la cena, y posteriormente, a eso de las 10:00 de la noche, se lleva a cabo la oración nocturna hasta las 10:30 para descansar».
Durante el recorrido encontramos al seminarista Víctor Jiménez, el cual nos dio su testimonio: «Me siento contento, porque en este lugar te dan las herramientas para sentirte realizado y feliz, y de esta manera servir a la Iglesia y a los demás».
En la parte posterior del edificio de rectoría se encuentra un jardín llamado «el claustro», donde se respira paz, y, en medio del mismo, encontramos un busto del padre Camacho, quien colaboró en gran medida para la realización del Seminario. En el trayecto, el vicerrector, con una visible sonrisa, nos aseguró que «lo que se les pide a los seminaristas es que cuiden su salud tanto física como psicológica, para que al salir puedan dar un buen servicio».
Los retos de la vida sacerdotal
Por ese mismo pasillo, al final se encuentra un auditorio llamado «Alfonso Castro», con una capacidad para 250 personas, en donde se llevan a cabo conferencias así como reuniones generales de la comunidad, proyecciones y actos multitudinarios.
El vicerrector explicó los retos a los cuales se enfrenta un seminarista: «En este año, con relación al pasado, de 95 alumnos ahora entraron 85, porque el aspirante se enfrenta a vocaciones adversas, tales como una carrera profesional, el dinero, el matrimonio, la cultura, el éxito, la atracción sexual, y esto se contrapone a la vida célibe de un sacerdote».
Por la parte superior, del lado derecho, encontramos el claustro de San José, donde se tiene una fuente. El dirigente del Seminario explicó que las diferentes cuartos pequeños son para los jóvenes que vienen del Seminario Menor, y a propósito de la preparación de los seminaristas, el padre González reconoció: «Al venir nuestros aspirantes de un sistema educativo deficiente, como las escuelas públicas, la preparación es deficiente; pero en este lugar, mediante la educación apropiada, se busca subsanar los retos que nos impone la sociedad, tanto en lo político como en lo cultural, lo económico y lo tocante a las costumbres, y de aquí sale preparado para enfrentar todas estas situaciones».
«Las instalaciones son muy amplias para tener pocos alumnos, y el mantenimiento cuesta mucho: la capacidad del Seminario en estos momentos es de un 40%. La ayuda al Seminario proviene de los bienhechores, cuando nos donan 50 o cien pesos o más al mes. La ayuda de la arquidiócesis de México ocurre cuando nos brindan un día de limosnas de todas la Misas en todas la parroquias del Distrito Federal, y de aquí en adelante debemos administrar muy bien el dinero para seguir con la causa», señala el vicerrector de la institución.
El arduo camino que no todos concluyen
Después de pasar por un comedor muy grande y posteriormente por la sala de juntas, se llega a la parte de abajo, a la biblioteca «Héctor Reyes», un acervo de filosofía y teología, principalmente, compuesto por más de 190 mil volúmenes, contando los de todos los temas. Hay algunos libros antiguos. Junto a esta biblioteca, como anexo, encontramos una hemeroteca con una sala de consultas, así como cubículos de estudios personales.
El eclesiástico manifestó que de todos los aspirantes, el número de sacerdotes que sale después de todo el proceso varía —algunos años, 12 o 15 sacerdotes— , los cuales se sumarán al grupo de los ministros de la Iglesia tras haber dejado parte de su vida entre estos muros, para llegar a ser representantes de Cristo en la tierra.
Pero también hay varios que, lastimosamente, se quedarán en el camino, pero con la convicción de que algún día se esforzaron por alcanzar una vida dedicada de lleno a Cristo. Por cierto, los laicos y las religiosas consagradas también tienen un lugar en este Seminario. |