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VÍGÍA
Su formación moral, que debería haber surgido sana y aguda de una correcta formación cristiana, no alcanza a hacerles percibir la maldad ...
Por Javier Algara
Hace unos años me tocó asistir a una conferencia muy interesante. La dio un grupo de asesores, católicos, del Senado de los Estados Unidos y el tema era la complejidad de la problemática relativa a las leyes sobre el aborto. Entre otras muchas cosas mencionadas por esos expertos destaca una que viene al caso recordar aquí, ahora que nuestro país es ya orgulloso miembro del club de los «países avanzados» que han despenalizado «la interrupción voluntaria de los embarazos». Habían constatado ellos a través de sus investigaciones que, al hablar del aborto, el ciudadano medio, incluidos los católicos, siente en general hacia él una repugnancia natural. Pero muy pocos definen esta última en términos morales. Quizás un 15 por ciento tiene claro que es algo muy malo y jamás lo apoyaría. Otro número igual está convencido de que no hay maldad en el aborto y no dudaría en realizarlo y recomendarlo. Pero el resto, cerca del 70 por ciento, no sabría a qué atenerse con certeza en caso que les tocara en carne propia tomar una decisión al respecto y son fácilmente influenciables por terceras personas. Es lo que la estadística llama «campana de las probabilidades». Obviamente, uno esperaría que, en el caso católico, la curva estuviera casi totalmente sesgada hacia la parte de la certeza de la maldad del aborto; que la casi unanimidad de los fieles tuviera una conciencia clara de su maldad y no estuviera dispuesta a elegirlo jamás como opción ante el embarazo. Pero la experiencia nos dice que lamentablemente no es así.
La mayoría de mujeres mexicanas que, apoyadas en que ahora ya es legal el aborto, y aún desde antes de su legalización asisten a las clínicas de muerte, dicen ser «católicas». Y lo mismo se puede decir de las personas que las orientan y/o empujan en esa dirección. Su formación moral, que debería haber surgido sana y aguda de una correcta formación cristiana, no alcanza, sin embargo, a hacerles percibir la maldad moral del acto de matar a los hijos no nacidos. Cuando mucho las ayuda a ver el aborto como un mal menor, vis à vis otro mal: apretura financiera, perspectivas de malformaciones en el bebé, deshonor familiar, mala figura, etc.
La evaluación de riesgos y beneficios no incluye variables morales. La maldad del pecado, la gravedad del quebranto de la ley divina, la tristeza de la ruptura de la amistad con Dios, ni siquiera los derechos del niño, no alcanzan, a la hora de tomar decisiones de tal envergadura, la consideración que alcanzan los criterios sugeridos por quienes profetizan la desdicha económica y social para una madre que no desea serlo.
Y lo triste del caso es que lo dicho no es exclusivo de las decisiones sobre la maternidad. Las relaciones comerciales, la política, el arte, la información, el deporte, todo se ve ensombrecido por ese desencuentro entre la fe y la praxis católicas. Vamos a comulgar en la Misa del domingo mientras, convencidos y despreocupados, recitamos entre semana el mantra de la vida mexicana: «El que no tranza no avanza». Quizás es hora de que en la Iglesia se vuelva a hablar fuerte de pecado, de criterios evangélicos, de la voluntad de Dios. Sin olvidar, claro, que, como dice Benedicto XVI, en la Cruz se reconcilió la justicia con el amor. |