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LUCES Y AMORES
En el pasado de México, cuando nuestros abuelos eran bravos y orgullosos, se celebraba abiertamente y con esplendor la alabanza divina.
Por Alejandro Soriano Vallés
En el pasado de México, cuando nuestros abuelos eran bravos y orgullosos, se celebraba abiertamente y con esplendor la alabanza divina. El culto sagrado era el centro de todo acto público. Sin miedos ni vergüenzas hipócritas, los gobernantes manifestaban su dependencia de Aquél que conduce los destinos humanos. Era la época en que la adoración no era un asunto “privado” ni proscrito a la intimidad de la conciencia. Ser cristiano era tanto un timbre de orgullo como una necesidad social. Ante las adversidades naturales y ciudadanas no había tardanza en acudir al auxilio celestial; la ofrenda por la pronta respuesta tampoco se hacía esperar. En catedrales y basílicas, templos conventuales y parroquiales, las campanas llamaban al pueblo sufrido o agradecido. Éste acudía presto, y nuestras ciudades, villas y rancherías se sumergían en el gozo o la esperanza de la invocación. Las iglesias eran ricas porque eran el patrimonio de la gente. Ella había pagado sus exquisitos retablos, los cuadros de los grandes maestros que colgaban de los muros, los ornamentos del oficio divino, la plata y el oro de las joyas destinadas a recibir la sangre y el cuerpo de su Señor, la música y el incienso, las velas y el resto del esplendor en que su alma se extasiaba. La magnificencia del rito había sido creada sólo para el pueblo, para que su entrega fuese mayor, para que, a través de los sentidos, percibiera el Amor que lo cuidaba. Esto ocurrió en el pasado de México, cuando nuestros abuelos eran resueltos y orgullosos. Curiosamente, la nación jamás fue tan próspera.
Un aciago día se abrió la puerta al enemigo, cerrándosela a Dios. En esa negra fecha nuestros gobernantes se declararon independientes de la Providencia, y desterraron el ceremonial del pueblo a su “intimidad”. Sus iglesias, conventos, basílicas y catedrales fueron entonces sacrílegamente despojados. La música enmudeció, y el oro se manchó de orín. México declinaba rápidamente. Al proscribir el culto público, el pueblo enmudeció. Acababa de llegar el tiempo de los buitres que habrían de descarnarlo. Como en un campo de muerte se podían ver en las torres, con las garras apretadas sobre las cruces de los derruidos templos parroquiales, acechando, entre el hedor de la patria en descomposición. Con el olvido de Dios llegó la miseria; al abandonarlo nos desamparamos; toda la alegría y la belleza —como tan suyas— se fueron poco a poco detrás de Él, dejándonos en la orfandad, a merced de la rapiña de todos los poderes en disputa.
Uno sólo nos protegía; Uno sólo nos bastaba; era nuestra Paz. Hoy que fuerzas brutales descuartizan a México, quizá sea tiempo de volver a las catedrales para hacerlas vibrar entre todos implorando su Misericordia al recordar su Omnipotencia: Te Deum laudamus... |