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Escrito por Chiara Lubich   
Domingo 16 de Septiembre 2007

PALABRA DE VIDA

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«Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad» (1Tim, 6-11).

Por Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares

¿Cómo hacer para vivir todas estas virtudes en la vida cotidiana?

Es posible que parezca difícil ponerlas en práctica una por una. ¿Por qué, entonces, no vivir el presente con la radicalidad del amor? Si uno vive el presente en la voluntad de Dios, Dios vive en él, y si Dios está en él, en él está la caridad.

Quien vive el presente es, de acuerdo con las circunstancias, paciente, perseverante, manso, pobre de todo, puro, misericordioso, porque tiene el amor en su expresión más alta y genuina; ama de verdad a Dios con todo el corazón, toda el alma, todas las fuerzas; es iluminado interiormente, es guiado por el Espíritu Santo y por consiguiente no juzga, no piensa mal, ama al prójimo como a sí mismo. Tiene la fuerza de la locura evangélica de «poner la otra mejilla», de «caminar dos kilómetros…» (cfr. Mt 5, 41) con el que te pide que lo acompañes uno.

Esta exhortación está dirigida a Timoteo, fiel colaborador de Pablo, su compañero de viaje y amigo, confidente al punto de ser casi como un hijo. «Hombre de Dios —le dice el apóstol, después de haber denunciado orgullo, envidias, peleas, apego al dinero— huye de todo esto», y lo invita a tender a una vida donde resplandezcan las virtudes humanas y cristianas.

En estas palabras resuena el eco del compromiso, asumido en el momento del bautismo, de renunciar al mal («huye») y de adherir al bien («practica»). Del Espíritu Santo provienen, en efecto, la transformación radical y la capacidad y la fuerza de poner en práctica la exhortación de Pablo.

La experiencia vivida con el primer grupo de jóvenes que en Trento, en 1944, dio vida al focolar, nos permite intuir cómo puede vivirse la Palabra de Vida, sobre todo la caridad, la paciencia, la mansedumbre.

No era fácil, sobre todo en los primeros tiempos, vivir la radicalidad del amor. Incluso entre ellas, en sus relaciones, se podía ir acumulando el polvo del ambiente, y la unidad podía decaer. Era lo que sucedía, por ejemplo, cuando se daban cuenta de los defectos, de las imperfecciones de la otra y se la juzgaba, por lo que se enfriaba la corriente de amor recíproco.

Para reaccionar ante esta situación, un día se les ocurrió hacer un pacto entre ellas, que llamaron «pacto de misericordia».

Decidieron que cada mañana verían nuevo al prójimo con el cual se encontraban —en el focolar, en la escuela, en el trabajo, etc.—, totalmente nuevo, no recordando para nada sus defectos, sino cubriendo todo con el amor. Se trataba de acercarse a todos con esa amnistía completa en su corazón, con ese perdón universal.

Era un compromiso fuerte, tomado por todas de común acuerdo, que las ayudaba a ser siempre las primeras en amar, a imitación de Dios misericordioso, el que perdona y olvida.


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