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OPINIÓN
Creo que es momento de que, pese a todas las dificultades económicas presentes o futuras que podamos tener, miremos más que nunca hacia esos que o bien nunca han tenido o bien que ahora no tienen.
Por Javier Menéndez Ros / Madrid
Tenemos motivos sobrados para estar preocupados. La crisis económica es seria, pero tarde o temprano se superará y se olvidará en nuestras memorias. Pero junto a ella existe una crisis aún más preocupante, que es la crisis de valores, la crisis de sólo valorar el tener, la crisis de vivir en la burbuja de nuestro egoísmo individual o colectivo.
Llevamos ya meses en que el tema principal de muchas conversaciones y noticias es la crisis económica. Primero era un fantasma anunciado y previsible, ahora es una realidad lacerante, reconocida hasta por los que, cegados por su partidismo, negaban la evidencia. Los datos económicos son bien claros: la inflación galopante, el alza preocupante del desempleo, la caída del consumo privado, la crisis del sector de la construcción, la bajada de los ingresos por turismo, el déficit público, el aumento de la la morosidad por las dificultades para afrontar préstamos hipotecarios y personales por la subida de las tasas de interés, la caída de la bolsa y un largo etcétera. Si a eso unimos los más que preocupantes datos económicos que nos vienen tanto de Estados Unidos como de Europa, pues ciertamente nos lleva a confirmar que tenemos motivos de sobra para estar preocupados.
Detrás de todos estos desfavorables datos económicos hay algo más que cifras, pues, a poco que nos quitemos la venda de los ojos, veremos que a los más débiles, a los más pobres y a los más desfavorecidos les está afectando mucho más que a los que comemos tres platos al día al calor de nuestros hogares. Creo que es momento de que, pese a todas las dificultades económicas presentes o futuras que podamos tener, miremos más que nunca hacia esos que o bien nunca han tenido o bien que ahora no tienen. Que ejerzamos nuestra solidaridad y nuestra caridad generosamente. Puede que no nos sobre mucho, pero seguro que mucho más de lo que nosotros mismos creemos. Quizás nuestros corazones estén más apegados de lo que pensamos a muchas cosas de este mundo.
La crisis económica es seria, pero tarde o temprano se superará y se olvidará en nuestras memorias. Pero junto a ella existe una crisis aún más preocupante, que es la crisis de valores, la crisis de sólo valorar el tener, la crisis de vivir en la burbuja de nuestro egoísmo individual o colectivo.
Para todas esas crisis propongo un arma infalible: la oración. Cuando nos abrimos a Dios, Él nos coloca en el lugar adecuado, sonríe cuando le contamos nuestras penas y nos dice, como a Marta: «¿Por qué andas preocupada y te pierdes en mil cosas? Una sola es necesaria y tu hermana María la ha elegido»
Por ello expandamos un viento de ilusión, abramos los corazones desolados a una luz que calienta sin dañar la vista, a una mano que infunde fuerza sin pedir nada a cambio. Abramos nuestra alma a la Palabra que se hace hermano, que se hace sonrisa, que se hace esperanza para el que ya nada espera. |