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LOS MENSAJES DE SAN PABLO
Quién dice la gente que soy yo, preguntó Cristo a sus discípulos, dando ocasión a la trascendente y fundamental «Confesión de Pedro».
Por Walter Turnbull
Quién dice la gente que soy yo, preguntó Cristo a sus discípulos, dando ocasión a la trascendente y fundamental «Confesión de Pedro».
Si hoy hiciéramos esa misma pregunta, recibiríamos las más ocurrentes y disparatadas respuestas que uno se pueda imaginar: un gran maestro, un interesante filósofo, un extraterrestre, un fraude milenario, un adorador del «sagrado femenino», un esenio, un graduado de una escuela iniciática, un curandero versado en poderes paranormales, un socialista... Luego están los que especulan que no resucitó, sino que se hizo el muerto y después se fue a la India; que vino a América disfrazado de dios tolteca; que se arrejuntó con la Magdalena... y los herejes: que no era Dios y hombre, sino Dios dentro de un cuerpo de hombre; que no fue engendrado sino creado; que se hizo Dios sobre la marcha...
En realidad, las preguntas son válidas: ¿Quién es Cristo? ¿Qué es con respecto al Padre? ¿Cuándo comenzó? ¿Era Dios? ¿Murió y resucitó? ¿En dónde está ahora? ¿Qué privilegios tiene? San Pablo, quien conociera personalmente a Cristo, nos dice (junto con otros apóstoles y con los evangelistas) quién fue realmente Cristo. En Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, todo fue creado por Él y para Él, Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia (Col 1, 16-17).
Él es la Imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación (Col 1, 15).
Él, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de Sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre (Flp 2, 6-7).
A pesar de su condición de hombre, Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud (Col 1, 19), porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2, 9).
Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Fil. 2, 8) [y] bajó a las regiones inferiores de la tierra (Ef 4, 9).
[El Padre de la Gloria] desplegó [su fuerza poderosa] en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación. Bajo sus pies sometió todas la cosas (Ef 1, 20-22), y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 9-11). Y, a diferencia de todos los novelistas alucinados, san Pablo dio su vida por predicar estas verdades. |