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«Yo era un universitario y la ingeniería ya no me satisfacía» Imprimir
Escrito por María Velázquez Dorantes   
Domingo 12 de Octubre 2008

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE?

Image Entrevista con el padre Juan Jesús Priego, de San Luis Potosí

Por María Velázquez Dorantes

¿Por qué me hice sacerdote?  Sí, ya sé que así se titulaba un libro famoso editado por la editorial «Sígueme», de Salamanca, allá por los años sesentas o setentas. Sin embargo, debo confesar que no me gusta la manera en que está formulada la pregunta, pues da la impresión de que el que la hace piensa que uno, al entrar al Seminario, se ha hecho firmes propósitos y se ha trazado objetivos claros y precisos, cual si todo dependiera de nuestra voluntad soberana. En realidad casi nunca sucede así y uno entra al Seminario como se mete en un túnel del que no ve la salida, o como se tira a una alberca sabiendo que es poco diestro en el arte del braceo.  Siendo así las cosas, les propongo algo: que en vez de responder a la pregunta de «¿Por qué me hice sacerdote?», responda más bien a esta otra: «¿Cómo es que llegué a ser sacerdote?».

Todo comenzó para mí en 1989. Por entonces era yo un joven universitario —tenía sólo 19 años— y cursaba el cuarto semestre de la carrera de ingeniería agroindustrial.

¡Ah, para un universitario las vacaciones de verano son largas, muy largas! Y fue que, yendo a pasar este periodo de más de dos meses a Tamazunchale, la pequeña ciudad de donde soy, una vez alguien me invitó a hacer un retiro de tres días en una casa de campo situada muy cerca de Axtla, otra ciudad huasteca muy ligada a mis recuerdos. ¡Por supuesto que me negué rotundamente! ¿Qué iba a hacer yo tantos días rodeado de jóvenes a los que ni siquiera conocía? No y no. No iría de ninguna manera. Mis padres, cursillistas consumados, adoptaron entonces el tono de la súplica:

— Ve, hijo; después de todo, tres días no son una eternidad.
— No, no iré —decía yo—. No quiero, no me apetece.
Mi madre, entonces, adoptó otra táctica: ya no me suplicó que fuera, sino que se limitó,  en silencio, a preparar mi maleta y a dejarla lista sobre la cabecera de mi cama.
— El retiro empieza hoy por la tarde —dijo mi padre—. Tus compañeros van a salir del templo parroquial a las cuatro de la tarde en un autobús alquilado expresamente para llevarlos allá.
— Es que no quiero ir, papá.
— Hijo —me miró mi padre severamente—, hasta ahora nunca te he pedido nada, pero ahora sí te lo pido; es más, te lo exijo. Vas a ir.

Fui, aunque de mala gana. El primer día me lo pasé acurrucado en un rincón fumando un cigarrillo tras otro. Sin embargo, el segundo día fue diferente, y el tercero más, de modo que cuando salí de aquella casa iba ya pensando cosas muy extrañas, como por ejemplo éstas: «¿Qué diantres estoy haciendo en Ingeniería? ¿No me habré engañado a mí mismo queriendo ser ingeniero?». De pronto, al oír hablar de Jesús, había descubierto que el camino que había tomado no era en verdad el mío. De veras, ¿qué hacía yo en Ingeniería resolviendo ecuaciones de segundo grado y calculando diámetros y superficies? No, lo mío era otra cosa. Y no es que no me gustaran la física o el cálculo; en realidad, tanto me apasionaban estas materias que incluso había escrito yo un libro en el que resolví cientos de problemas (al estilo de aquellos clásicos manuales de la serie Schaum) con el fin de ayudar a mis amigos que se perdían en aquellas selvas de números. ¡Aún conservo yo ese manuscrito que no tiene menos de trescientas páginas!

En el transcurso de aquellas mismas vacaciones fui a buscar varias veces a un sacerdote joven que residía en una parroquia vecina (digo su nombre: el padre Mario Jiménez Aguado) para hablarle de mis inquietudes.

— Me gustaría —le dije— entrar al Seminario. Ingeniería ya no me satisface...
Esto lo dije no sé por qué, pues ni conocía a nadie que estuviera en el Seminario, ni sabía yo lo que era un Seminario, a excepción de lo que saben todos: que es el lugar al que tarde o temprano acaban yendo los que desean ser sacerdotes.
— Pues entonces vete —me dijo el padre Mario—. Estás a tiempo. Los cursos no empiezan sino hasta agosto.
— Pero no sé si es lo mío; quiero decir, no estoy seguro.
— Como quiera que sea, vete. Si no es lo tuyo, te sales.
— Pero tendría que dejar mi carrera a la mitad...
— Si no te decides, toda tu vida te la pasarás diciendo: «¡Dios mío, pude haberlo hecho!». Mi consejo es éste: ve para que veas y te desengañes.
Fui entonces con mi papá y le dije:
— Quiero irme al Seminario.
A mi papá se le doblaron las piernas y empezó a sudar, visiblemente angustiado.
— Primero termina tu carrera y luego hablamos.
No se me hacía justo que primero me anduviera insistiendo tanto de que fuera a aquel retiro y ahora se echara para atrás. Pero hice lo que me pedía. Regresé, pues, a la facultad y todavía concluí el sexto semestre de mi carrera. Mas como no veía yo el caso de continuarla, al año siguiente, por las mismas fechas, volví a decirle a mi padre:
— Quiero irme al Seminario.
Y aunque su respuesta fue la misma de la otra vez, esta vez sí que ya no estaba dispuesto a obedecerlo. Fui entonces con mi párroco (también puedo decir su nombre: el padre Salvador Cisneros Torres) y le dije:
— Mi papá no me deja ir al Seminario.

Como lo conocía muy bien —creo que hasta eran amigos, y todavía lo son—, el padre Salvador mandó llamar a mi padre y se encerró con él en su oficina por espacio de más de una hora. ¿Qué fue lo que éste dijo a mi padre durante todo ese tiempo que a mí me pareció eterno? Después lo supe: que si no me dejaba ir al Seminario no podía seguir recibiendo la Sagrada Comunión, pues negarle un hijo a Dios era un pecado gravísimo.

¡Que vivan los métodos cavernícolas! Bajo el peso de aquella amenaza, a mi padre ya no le quedó más remedio que bajar la cabeza y dejarme ir.

¡Mi padre! Ahora lo comprendo. Sus miedos eran legítimos. Pero si yo no hubiera obrado así, ¿sería hoy sacerdote? Hoy, cuando recuerdo aquellas escenas, me pregunto: «¿Cómo pude ser capaz de hacer eso?». Ah, pero era joven, y la juventud es dura, a veces despiadada. Por eso es la época de las grandes decisiones. Sí, había que decidirse. Y desde entonces he hecho mío este lema o como quiera llamársele: El exceso de análisis produce parálisis. A las cosas hay que darles vueltas, sí, pero no demasiadas, pues uno acaba mareándose y luego ya no hace nada.

Mi mamá lloraba, pero en silencio y sin dejarse ver. Mi padre, en cambio, no supo hacer otra cosa que dejarme de hablar. ¡Durante un año y medio no me dirigió la palabra! Pero, bueno, estas son cosas que tuvieron que suceder y que los dos recordamos ahora nostálgicos y sonrientes.

Y entré al Seminario para ver si era lo mío. Y allí me quedé durante ocho años, que no me parecieron largos, para no salir de él hasta el 24 de junio de 1998, día en que el Sr. Arzobispo don Arturo Antonio Szymanski me llamó en nombre de la Iglesia para imponer sus manos sobre mi cabeza y  ordenarme sacerdote. ¡Dios lo bendiga siempre por haberme hecho partícipe de lo que él posee en plenitud!

¿Por qué me hice sacerdote? Quizá algún día, en la casa del Padre, me quede claro por qué. ¡Yo sólo quería estar cerca de Cristo y vivir para Él!

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