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¿Belleza? ¿Qué es la belleza? Imprimir
Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 12 de Octubre 2008

LUCES Y AMORES

Image El «artista» no es ya el humilde siervo de la belleza que era antes, especialmente en la Edad Media, porque la belleza ha «desaparecido».

Por Alejandro Soriano Vallés

¡Ah, la belleza! Tan anhelada y repelida por el mundo moderno. Por supuesto, no debatiré aquí sobre su esencia, porque sesudos intelectuales contemporáneos han disertado largamente en torno a ella, llegando a la conclusión de que o no existe o es «relativa». Es más, de acuerdo con sus teorías, ha dejado de ser el objeto de la experiencia estética, para convertirse en algo irritante, «irreverente». Ésta es la vivencia que, de acuerdo con tan peregrino supuesto, tendría que hacernos vibrar: el arte vuelto feroz enemigo social; crítico implacable de nuestras costumbres; adalid de la libertad de pensar, hacer y decir; sublime herramienta de una inteligencia más allá de los atavismos y las reglas; producto de un espíritu emancipado de las convenciones; pieza maestra de la superior insolencia.

Así, el «artista» no es ya el humilde siervo de la belleza que era antes, especialmente en la Edad Media, porque la belleza ha «desaparecido». Como Pilatos a Jesús, el «artista» de hogaño lanza con repulsa la pregunta: «¿belleza? ¿Qué es la belleza?». Su prepotencia le impide ver lo que tiene ante las narices, y al modo de Pilatos, con aires de gran filósofo, desprecia la Verdad, lo que el hombre común ve, porque cualquiera de ellos sabría responderle con sólo hablarle de sus anhelos y amores.

Nuestros «artistas» actuales desconocen la belleza por precepto y cobardía, porque está de moda hacerlo, y porque es un ama estricta y, muchas veces, cruel. Nuestros trabajadores del «arte», alcahueteados por una crítica mercantilista y egotista, que se solaza desdeñando al hombre de la banqueta, prefieren el fácil renombre de las galerías y las camarillas, el triunfo en los cenáculos, el trabajo indescifrable y aplaudido por esos pocos que tampoco entienden, pero dicen hacerlo. Al final, está el pretexto del canto del «rebelde», del «inconforme», del Prometeo que, en nombre de la crítica a la sociedad, se asegura de colgar junto a las alhajas de su menosprecio las etiquetas, plenas de ceros, de su auténtica pasión. El «arte» de hoy, bajo el marbete de la subversión, capitula en su amor al dinero y la fama ante la sociedad que dice criticar, y vilipendia, con su inepto tratamiento de la belleza, al hombre común.

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