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JÓVENES
¿Que pasaría si, de pronto, un día al levantarnos, ya no recordáramos nada de lo que somos, de lo que fuimos, o de los planes que teníamos?
Por Andrés Lorán Rodríguez
¿Que pasaría si, de pronto, un día al levantarnos, ya no recordáramos nada de lo que somos, de lo que fuimos, o de los planes que teníamos? De primera mano podríamos decir: ¡Dios mío, qué desastre! Sería como perder nuestra identidad. Pero, ¿que identidad, si no recordáramos qué es lo que nos hacía ser nosotros mismos?.
De pronto, sin entender, ya no recordaríamos qué era lo que más nos gustaba hacer o qué era lo que nos causaba tanta alegría; incluso perderíamos hasta cierto punto la noción del tiempo, porque de alguna forma no sabríamos si nacimos ayer, si acabamos de comenzar a vivir. Esta misma idea es la que se plantea Michael Ende en su libro titulado Momo, dentro del cual maneja el concepto del tiempo de una manera extraordinaria; donde los personajes, así sin más, un día deciden comenzar a ahorrar tiempo, hasta que llega un momento en que terminan por no tener ni siquiera unos valiosísimos segundos para disfrutar con su familia, para regalar a los demás, y esto les provoca que tarde o temprano terminen por olvidar quiénes son y cuál es el objetivo de su vida.
Lo más interesante de esta idea que se ha planteado en un principio es que si no recordáramos nada acerca de nosotros, entonces probablemente no juzgaríamos los actos de los demás sin antes mirarnos a nosotros mismos. Solo quizá hasta ese momento tendríamos una forma más ética y correcta de decidir.
Lo cierto es que todos estamos, de una manera u otra, obligados a tomar decisiones todos los días, y son nuestras vivencias las que por lo general nos ayudan a decidir. Sin embargo, la mayor parte de los criterios que nos ofrece el mundo —con tristeza tenemos que aceptarlo— ayudan un poquito más para dañar que para hacer el bien a los demás.
Si no recordáramos lo que somos, si un día, un solo día, tuviéramos la oportunidad de olvidar nuestro pasado y sólo por hoy comenzáramos a creer en nuestro presente, nos daríamos cuenta de que, por naturaleza, nosotros sabemos elegir lo mejor. Existen gustos muy personales que nos hacen ser diferentes a los demás, y es eso lo que hace que a una persona le deleite más un buen plato de arroz que a otra un buen mole poblano.
Ahora bien, lo mismo sucede con las decisiones: a veces nos cuesta mucho trabajo distinguir una de otra, e incluso llegamos a pelearnos por encontrar un criterio correcto para evaluarlas; sin embargo, la esencia de tomar una correcta decisión reside muy probablemente en que observemos al mundo tal y como lo observaríamos aquel día que no supiéramos quiénes somos.
Sólo hasta ese día, en que milagrosamente todo se nos olvidara, podríamos empezar a ver con más claridad la esencia del mundo. |