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OBRAS Y RAZONES
A lo largo de la historia las relaciones entre judíos y cristianos en general, y con los católicos en particular, han sido muy difíciles por decirlo suavemente.
Por Jorge E. Traslosheros
Los días 9 y 10 de septiembre se encontraron en la ciudad de México la comunidad judía y la Iglesia iberoamericanas, representadas por sus líderes religiosos, con el fin de encontrar caminos de colaboración en el continente. El encuentro pasó casi desapercibido para los medios de comunicación. Eso no importa. Cuando Abraham salió de su ciudad natal con rumbo al desierto, y cuando Jesús nació en un pesebre mugroso, tampoco estuvo ahí la prensa. Y ya sabemos lo que sucedió después. Sin duda el encuentro ha sido de gran trascendencia.
A lo largo de la historia las relaciones entre judíos y cristianos en general, y con los católicos en particular, han sido muy difíciles por decirlo suavemente. Los desencuentros han sido numerosos y los judíos siempre han llevado la peor parte. No toda la persecución del pueblo hebreo es imputable a los cristianos, pero nuestros antepasados en la fe dieron un aporte significativo al desarrollo de la ideología antisemita cuyo eje es la discriminación contra los judíos. También es cierto, como lo ha documentado el historiador judío, quien además es rabino, David Dallin, en su libro The Mith of Hitler´s Pope que, a lo largo de la historia, los Papas fueron con frecuencia protectores de los judíos bajo muy diversas circunstancias, en no pocas ocasiones actuando en contra de miembros de la misma Iglesia. El mismo autor argumenta que el punto culminante de esta historia fue la red de protección que se tejió en Europa por iniciativa del Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial. Acciones muy concretas que están siendo profusamente documentadas, entre otros esfuerzos, por la fundación judía Pave the Way.
A partir de Pío XII ha quedado claro que, para todo buen católico, el antisemitismo es y siempre debe ser considerado un atentado contra la misma fe. Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI lo han confirmado con gestos muy concretos. Paulo VI, eliminando de la plegaria del Viernes Santo la petición por los «pérfidos judíos», para transformarla en una oración que anhela un encuentro filial al final de los tiempos. Juan Pablo II, al afirmar sin rodeos que los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe, y el Papa Ratzinger quien, con gran sabiduría y profunda teología, ha argumentado que la Nueva Alianza de Dios con la humanidad, sellada con la sangre de Cristo, no elimina ni enmienda la Antigua Alianza con el pueblo judío porque Dios no falla a sus promesas. Los judíos, pésele a quien le pese, siguen siendo el pueblo elegido de Dios, son sus primogénitos y, por ende, nuestros hermanos mayores con quienes nos habremos de encontrar en una sola comunidad en la plenitud de los tiempos, cuando y donde a Dios le plazca. Lo que nos toca es tender la mano a nuestros hermanos y propiciar un diálogo que nos acerque auténticamente, es decir, sin que nadie renuncie a su fe, a su religión, a su identidad, sin negar el pasado, construyendo una nueva historia.
Por todo lo anterior, el encuentro de México es un hito en la historia de América. Puestos a dialogar en la caridad ambas comunidades llegaron a compromisos muy serios sobre todo en tres rubros: defensa y promoción de la vida, de la familia y de la libertad religiosa. Cedo a la tentación de terminar mi texto con una anécdota personal. Resulta que, como parte del encuentro, se celebró una cena a la cual fueron invitados distintos matrimonios de ambas comunidades. Por la generosidad de los organizadores tuve la suerte de asistir con mi esposa. En cada mesa había por lo menos dos rabinos, dos obispos y dos parejas, una de cada religión. Dios se sentó ese día a nuestro lado a compartir el pan y la sal. Jamás olvidaré una escena: ahí estaba el rabino Abraham Skorka, rector del seminario rabínico latinoamericano, en abierta y franca charla con el cardenal arzobispo de Sao Paolo, don Pedro Sherer, cada uno explicando su historia, la organización de su religión y sus iglesias, con la sonrisa franca, sin defensas, por el puro gusto de compartir. Al salir de la cena mi esposa, con su proverbial sabiduría, observó: «hablaban como dos hermanos que, después de una larga separación, se reencuentran en la vida adulta, ansiosos de saber qué ha sido de la historia del otro». |