|
LA CIENCIA ANTE LA FE
Este nuevo, costoso y sofisticado complejo equipo científico es un instrumento más de la inteligencia y de la razón humana que, bien empleado, producirá resultados que, bien entendidos e interpretados, nos permitirán llenar ciertos «huecos».
Por Adolfo Orozco Torres
El 10 de septiembre de este año de 2008 se dio a conocer la noticia de que se había puesto a funcionar un complejo científico conocido como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC por sus siglas en Inglés). Un conjunto de aceleradores de partículas que incluye uno circular con una extensión de ¡27 kilómetros! y que costó una millonada de euros. ¿Por qué una inversión tan grande? y ¿por qué ha despertado tanto revuelo en los círculos científicos y no científicos?
Por dos razones esenciales: la primera es que uno de los objetivos principales de este instrumento es encontrar la «Partícula de Dios» o, como se le conoce entre los científicos,el «Bosón de Higgs». Y la segunda causa de inquietud y preocupación entre el público en general es que se corrió la noticia de que este experimento podría dar lugar a la generación de un «agujero negro» que chupara al propio LHC, siguiendo con todo el planeta, por las inmensas energías involucradas en el experimento.
Hay una tercera vertiente, que no forma parte de la preocupación de la gente común y corriente como usted y como yo, pero que anima y entusiasma a los enemigos de Dios y de la Iglesia: su esperanza de que este descubrimiento elimine uno más de los «huecos» científicos en que los supersticiosos y fanáticos creyentes en Dios se refugian ante los avances de la ciencia. Uno de éstos, que simplemente se autonombra «El Escéptico» en su sitio de internet Noticias de la Religión, dice: «A medida que la ciencia continúa haciendo descubrimientos, hay menos espacio para Dios».
Esta posición es ciertamente irracional y parte de un concepto equivocado: confundir las realidades materiales con las espirituales. Es la misma tontería que hizo famoso al primer cosmonauta humano Yuri Gagarin, quien el 12 de abril de 1961, cuando dio la vuelta al mundo en el espacio exterior, exclamó con gran entusiasmo y énfasis; «Dios no existe, salí al espacio y no lo vi», y lo que logró, en lugar de demostrar la falsedad de Dios, fue la inmensidad de su ignorancia y soberbia. Si fuera un poco instruido y menos soberbio sabría que a Dios no se le puede ver con los ojos del cuerpo pues es un ser espiritual y sobrenatural que no se puede percibir con los ojos corporales.
Regresando al «Bosón de Higgs» (uno de los principales objetivos científicos del LHC), hay que aclarar que el sobrenombre de «Partícula de Dios» es un nombre coloquial que le dio por los años 60’s un gran científico: Sheldon Glashow, Premio Nobel de Física, para resaltar la importancia de esta partícula fundamental. No voy a aburrir a mis posibles lectores tratando de explicar la teoría al respecto. Baste decir que si esta partícula existiera, la descripción física del universo se simplificaría notablemente y las cuatro fuerzas naturales fundamentales (la gravitacional, la electromagnética, la fuerza nuclear débil y la fuerza nuclear fuerte) se reducirían a una sola fuerza fundamental. Sin embargo, la existencia de esta partícula es hasta ahora meramente teórica, pues todos los intentos por descubrirla han fracasado hasta el momento, por la razón principal de que se requiere hacer chocar protones unos contra otros a energías sumamente elevadas que sólo serán posibles con el LHC.
Pero, regresando a lo que nos interesa a los simples mortales, debo comentarles como científico que no hay de qué preocuparse por ningún lado. El experimento no va a producir un «agujero negro» que se trague a la Tierra; estas son simples especulaciones. Tampoco, si el experimento tiene éxito y se descubre el «Bosón de Higgs», Dios va a desaparecer, o se va a esconder amedrentado en otro «hueco científico». Dios sonreirá satisfecho de que su creatura haya sido capaz de desvelar un misterio más de la naturaleza creada por Él. El nombre de «Partícula de Dios» se le dio por la importancia que tiene en los esfuerzos de los científicos por simplificar la descripción de la estructura de la materia, pero no tiene más relación con el Creador que ser una más de sus criaturas.
Y si el LHC no logra descubrir la «Partícula de Dios», pues tampoco pasa nada grave, al contrario, el Gran Colisionador de Hadrones seguramente producirá una cantidad inmensa de información sumamente útil a los científicos para ir conociendo mejor la estructura íntima de la naturaleza y de las partículas elementales de las que están compuestas todas las cosas y los objetos de nuestro universo. Este nuevo, costoso y sofisticado complejo equipo científico es un instrumento más de la inteligencia y de la razón humana que, bien empleado, producirá resultados que, bien entendidos e interpretados, nos permitirán llenar ciertos «huecos». «Huecos» no donde se esconde Dios, sino donde se esconden algunas de las maravillas de esta inmensa y hermosa creación que Dios puso para que el hombre pueda saciar su curiosidad natural y lo descubra a Él en la magnificencia y belleza de sus obras. |