|
LUCES Y AMORES
Cualquiera diría que México es una nación entregada a Dios y a su Iglesia. Por desgracia, no es así.
Por Alejandro Soriano Vallés
Siempre lo hemos sabido: México es un país muy curioso. Es la segunda nación católica más grande del mundo, donde alrededor de 90 millones de personas confiesan tener este credo, donde todas las visitas del Papa Juan Pablo II fueron multitudinarias y abundaron en demostraciones de amor, donde se venera a la Virgen de Guadalupe y, cada año, su templo es visitado por decenas de miles. Con tales datos, cualquiera diría que se trata de una nación entregada a Dios y a su Iglesia. Por desgracia, no es así.
Paradójicamente, México es el país donde el laicismo y el jacobinismo son, socialmente, muy bien vistos. Es el lugar donde la «tolerancia» impera, y nadie es capaz de hablar mal de nadie (cuando menos en su presencia) por «respeto»; excepto si se trata, claro, de los católicos y su fe. ¡Ah, porque cuando llega el momento de criticar en público, nada mejor que lanzarse contra ellos! ¡Da un aura de prestigio «intelectual» hacerlo…! Pulverizar a los católicos frente a un auditorio es una de las señales de que se es alguien «pensante». Quien lo hace -debemos suponer- es un individuo libre de «prejuicios», cuya «autonomía» y lucidez «científica» es «necesario» admirar y transmitir a los demás. En México, para lograr semejante «reputación», no hace falta haber estudiado, porque ¿quién necesita instrucción cuando es «conocido» que los católicos son un montón de «mochos» asustadizos y retrógrados; cuando «salta a la vista» que la historia de la Iglesia es una acumulación de horrores, atropellos y sinsentidos? La patria de la Guadalupana, que pasando insolaciones, hambres y desvelos se lanzó por millones a las calles para ver y escuchar al Papa, es atea funcionalmente. En esta nación no sólo no debe haber «tolerancia» para la Iglesia católica, sino que es «políticamente correcto» burlarse de ella. Todo mundo merece respeto (musulmanes, judíos, profetas del «new age», homosexuales, feministas, abortistas, marxistas, etc.), menos los «mochos». Hay que escarnecerlos.
Dentro de este panorama, no es menos paradójico que tan injusta situación sea culpa principalmente… ¡de los propios católicos! ¿Cómo no considerarlos retrógrados y oscurantistas si nunca dan muestras de no serlo? No es que sus fustigadores sean muy cultos, es que los católicos son sumamente incultos (de hecho, la mayoría de sus verdugos son católicos, igual de ignorantes que ellos pero, en su apostasía, más desvergonzados). Así, la crítica social a la Iglesia es la de un grupo de necios desfachatados que ofende a otro grupo de necios cobardes. Como en «el país de los ciegos el tuerto es rey», basta haber leído un par de panfletos baratos para convertirse en «eminencia» y cobrar aires de superioridad en un asunto que debería ser capital para el Pueblo de Dios. Si todos nos preparáramos como debiéramos, seríamos capaces tanto de descartar las mentiras que se alzan contra la fe de Jesucristo como de hacer una Iglesia más viva. Bastan unos pocos estudios para echar por tierra las idioteces que jacobinos y laicistas dicen de la Iglesia. Cuando sin miedo y con sabiduría los católicos enfrentemos las ofensas, dejará de ser «políticamente correcto» despreciarnos. La fe es un don, pero se da en una inteligencia humana que no nace sabiendo y requiere preparación. Mientras nuestra educación en materia religiosa continúe siendo de segundo o tercero de primaria, proseguirán las burlas. Seguirán llamándonos oscurantistas y retrógrados, y tendrán razón. |