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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 05 de Octubre 2008

CON PERMISO

Image Las cartas de los lectores son el aplauso, los suspiros, la gloria, los autógrafos y el clamor para quien firma estas líneas.

Por Miguel Aranguren

Los artistas que se ganan la vida sobre las tablas de un escenario reconocen que su mejor recompensa ante los esfuerzos que exige una profesión creativa, son los aplausos. Los toreros retirados añoran el sonido de las palmas, los autógrafos firmados en el callejón y las miradas de admiración de niños y grandes. Los bailarines viejos no recuerdan los días de entrenamiento -un, dos, tres..., un, dos, tres..., siempre la misma cantinela-, sino las noches de gloria por los teatros del mundo. Sinatra, en su breve senectud, echó de menos los suspiros rendidos de los clubes en los que actuaba más que los fajos de dólares con los que mantuvo un ritmo frenético de vida. ¿Y los escritores? ¿Qué echaremos de menos el día que se nos agoten las palabras? ¿Una nueva edición de nuestros relatos? ¿Conferencias aquí y allá? ¿Los derechos de autor o el pago de las colaboraciones en diarios y revistas…? Tengo claro que echaré de menos tus mensajes electrónicos, tus cartas, seas quién seas.

Las cartas de los lectores son el aplauso, los suspiros, la gloria, los autógrafos y el clamor para quien firma estas líneas. Me llegan desde todos los rincones y siempre cargadas de una intimidad sobrecogedora entre quien sólo es una fotografía en las páginas de El Observador y los ojos —vivaces o reposados— de quien le lee. Una foto que dialoga cada semana con aquellos que tienen un rato para curiosear mis columnas. Columnas que presentan un poco de humor, un guiño para ti que, a lo mejor, has sacado unos minutos de sosiego después de un día batallando con los niños; para ti que me comentas que estás un poco solo; para ti que estás convencida de que merece la pena vivir por alguien; o para ti que estás enfermo, que has perdido al compañero de tu vida, que no ves la forma de aprobar tus estudios o que vives melancólica sin saber por qué.

Me conmueven todos los mensajes. Unos son escuetos, pero dan ánimo para continuar con nuevos artículos. Otros, un poco más extensos, confiesan que descubrieron de casualidad mi columna y que hubo algo, un chispazo que les conectó con el mensaje. Aún no saben que cuando me propusieron esta colaboración semanal tuve cierta inquietud, ya que nunca he escrito en exclusiva para el público mexicano. Pero ahora, después de unos cuantos artículos, confieso que necesito del desahogo de mi columna, que me sentiría un poco perdido lejos de todos ustedes, lejos de ese país inmenso en el que vive gente tan buena.

Por eso, desde esta ventana pública quiero contestar a quienes se toman la molestia de ponerme unas letras: el camino del escritor es tan estrecho que sólo cabe uno mismo. Nadie nos dice qué es lo que debemos hacer, qué temática hay que elegir para conquistar al público en la siguiente colaboración periodística o novela, por lo que vuestros mensajes me envían la gloria del mismísimo Sinatra.

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