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Las granadas de la ira Imprimir
Escrito por Jaime Septién   
Domingo 28 de Septiembre 2008

PÓRTICO

Image Las granadas de Morelia han matado a 9 personas y a toda una nación.  Lo que los terroristas lograron en su salvaje ataque a la multitud que escuchaba el Grito de Independencia fue meternos en la más horrorosa de las dependencias: la dependencia del miedo.

Por Jaime Septién

Las granadas de Morelia han matado a 9 personas y a toda una nación.  Lo que los terroristas lograron en su salvaje ataque a la multitud que escuchaba el Grito de Independencia fue meternos en la más horrorosa de las dependencias: la dependencia del miedo.

Es el momento —señor Presidente de la República— de dar un golpe de timón; es el momento de mostrar por qué fue elegido por la mayoría de los mexicanos. Es más: es el momento de limpiar de estorbos todo aquello que obstaculiza el camino de la unidad nacional, la acción de conjunto, la paz y el bien común. Ya no son lindas palabras sino acciones decisivas lo que en este gravísimo momento necesita la Patria.
Con usted —señor presidente Calderón— estamos la mayoría de los mexicanos. No le vamos a regatear el acuerdo siempre y cuando usted se comporte a la altura de un estadista que trabaje no las próximas elecciones, sino por la presente y por las próximas generaciones. Ya hemos vivido hasta el cansancio la tacañería política de muchos de nuestros líderes. Es hora de que alguien tome las riendas de este caballo desbocado. Sabemos que es difícil; para eso fue usted elegido.

Las granadas explotaron en su casa, señor Presidente, en la plaza pública a la que usted, seguramente, acudió de la mano de su padre, don Luis Calderón Vega, a más de una ceremonia del Grito. Usted, como el niño Uriel que acaba de morir por las heridas del ataque terrorista, sintió ese como cosquilleo que a uno le recorre al ver la bandera, al cantar el himno y al asociarlo con la verbena popular. Del recuerdo, del amor por la Patria que su señor padre le heredó, de la fuerza de millones de mexicanos de bien que no queremos ver manchada de sangre a nuestra querida nación, de la misma Virgen de Guadalupe que nos la dio en herencia, para que se la cuidáramos y para que la engrandeciéramos con la fe, saque la decisión de recomponer el rumbo, de enderezar la proa de un barco que se hunde. Saque la casta, señor Presidente.  Se lo pedimos, se lo exigimos millones de mexicanos que, como usted, hemos ido a una plaza pública y hemos sentido el orgullo de ser mexicanos, y que lo queremos seguir haciendo.

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