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De Italia al basurero: Sor Asunta Fantástico Imprimir
Escrito por Gilberto Hernández García   
Domingo 28 de Septiembre 2008

TRINCHERAS DE LA FE

Image Cuando Sor Assunta Fantastico tomó el avión en Génova, Italia, para venir a México, lo hizo con espíritu de obediencia, como buena religiosa marcelina, con la idea firme de que acá encontraría «pobres a los cuales atender».

Por Gilberto Hernández García

Cuando Sor Assunta Fantastico tomó el avión en Génova, Italia, para venir a México, lo hizo con espíritu de obediencia, como buena religiosa marcelina, con la idea firme de que acá encontraría «pobres a los cuales atender». Ese era el ideal difuso que en su mente y corazón había formado. Unos días antes sus familiares y amigos le habían regalado una pequeña cantidad de dinero y ella pidió autorización a la superiora de su instituto religioso para utilizarlo «en ayudar a quien más lo necesitara en México».

¿Cómo se puede vivir así?

Al poco tiempo de llegar a tierras mexicana —era 1992— tuvo la oportunidad de acompañar a una hermana en sus acostumbradas visitas a las familias del barrio en la capital de la República. Lo que sor Fantastico vio le caló en las entrañas: la familia vivía, si a aquello se le puede llamar vivir, en un cuartucho de diminutas dimensiones, sin ningún mueble, sin comodidad alguna, sólo un par de colchonetas enrolladas en un rincón, algunas cajas que hacían las veces de mesa. La pobreza que vio la interpeló: ¿Cómo se puede vivir así?

Con ese sentimiento de indignación ante aquella realidad, arribó a Querétaro, su destino original, para incorporarse a la comunidad religiosa que atendía el colegio Marcelinas. Aquella idea de ponerse al servicio de los más necesitados no la abandonó. De inmediato se puso a buscar una colonia pobre para ayudarla económicamente, tal como ella concebía el servicio a esa gente. Preguntó a cuantos pudo acerca de un lugar con esas características de marginación para hacer su apostolado. Pasaron los días hasta que, finalmente, una hermana le dijo: «Ya tengo el lugar que usted busca», y al preguntar por el nombre del sitio le respondió lacónicamente su informante: «El basurero».

Sor Fantastico aún se estremece cuando recuerda su primer encuentro con el basurero municipal: «El lugar estaba aparentemente desierto. Más adelante se abrió ante mis ojos un espectáculo que no podía llamarse humano: en torno a las  montañas de basura vivían muchas familias. Si cierro los ojos, siento todavía el olor desagradable e inolvidable. Las moscas reinaban sobre todo, sobre la basura y sobre el resto de los niños y adultos. Algunas mamás, mientras recogían objetos para vender y otras cosas para comer, dejaban a los niños pequeños sobre la basura». Después de un breve silencio lleno de indignación e impotencia, comenzó a platicar con las personas que ya se habían acercado, llenas de curiosidad ante «la monjita».

En aquella zona 200 familias vivían al margen de las montañas de basura; 800 niños no frecuentaban la escuela. Los más grandecitos seguían ya el ejemplo del papá, es decir, se emborrachaban o empezaban a drogarse. Algunas jovencitas de 12 o 13 años ya eran mamás y ningún adolecente podía continuar con sus estudios. «Yo no podía cerrar los ojos y hacerme la disimulada, ya que la gente me miraba esperando una palabra de ayuda y conforto». Las palabras dichas por los adultos «me llegaron hasta lo más profundo del alma y me pidieron no dejarlos solos y que ayudara a sus hijos», dice con voz quebrada Sor Fantastico.

Educar para dignificar la vida

En las siguientes visitas, en las que llevaba algunas pequeñas despensas, una idea giraba en su cabeza. «La única forma de dignificar a estas familias es educando a sus hijos», se dijo. Y con determinación empezó a buscar cómo poner en obra su idea. Fue con el presidente municipal, al cual le habló de la realidad y problemas de las personas del basurero, también le presentó un proyecto para las gentes, pero no encontró los resultados deseados.

Mientras tanto, siguió visitando la colonia del basurero y, junto con algunos muchachos y profesores del colegio superior de los maristas, los viernes y los sábados por las tardes empezaron a enseñar catequesis, a  alfabetizar y a preparar a los padres de familia para el sacramento del matrimonio.

En septiembre de 1997, con la ayuda de algunos bienhechores, se fundó una institución de asistencia privada llamada Isabel Radaelli, con el fin de recabar donativos para la obra; éstos llegaron y se multiplicaron rápido, gracias especialmente a las  iniciativas de los colegíos de las marcelinas.
Poco después el basurero fue cerrado, lo que significó un duro golpe para los pepenadores, pues esa era su única fuente de ingresos. Las personas que vivían de la basura fueron asignadas a una nueva zona donde no había agua, luz ni casas. Ese día, en medio de la lluvia y granizo, 80 familias comenzaron a transportar lo que ellos decían «su casa». 

En 1999 el gobernador propuso para la escuela un terreno, pero sin agua. ¿Cómo construir una escuela y sin agua? «Yo les propuse otro terreno y, gracias a la sensibilidad de algunos asesores, me ofrecieron otro terreno habitable en Unidad Nacional. Después de tanto insistir, obtengo en donación del Municipio un terreno de 4000 m2, y en octubre del 2003 fue puesta la primera piedra del colegio El Girasol».
Tiempo después, no sin esfuerzos y sacrificios que a veces parecían insalvables, una parte de la escuela fue terminada y lista para recibir a los primeros 130 niños. Seis aulas pre-escolares, doce aulas de escuela primaria, una dirección, servicios sanitarios, dos salones de uso múltiple, aulas para computación, aulas para almacén, un campo de basquetbol y un jardín para jugar.

El Girasol: una luminosa realidad

El colegio El Girasol hoy en día es una realidad, es una escuela donde se proporciona educación a los niños en edad preescolar y primaria; y a los adultos se les ofrece capacitación y orientación educativa, a fin de dar formación e información a ellos como parte esencial para lograr la integración de las familias y ser parte de su propio desarrollo social.

Madre Fantastico evoca el arduo trabajo que ha desarrollado al lado de sus hermanas de congregación a favor de los pepenadores. Sus manos no dejan de moverse, en una intensa manía italiana por darle énfasis a las palabras, como si al detenerse temiera quedarse muda. Una sonrisa franca asoma en su rostro y sus profundos ojos brillan. Después de 16 años de trabajo apostólico en México, sus superioras decidieron que era tiempo de retornar a Italia.  La voz se le quiebra y los anteojos se le empañan: «Allá seguramente hay gente que necesita de Dios».

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