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Más que con miedo… Imprimir
Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 28 de Septiembre 2008

LUCES Y AMORES

Image Más que con miedo, el estado de descomposición social en que velozmente se sumerge México debe ser enfrentado con amor y esperanza.

Por  Alejandro Soriano Vallés

Más que con miedo, el estado de descomposición social en que velozmente se sumerge México debe ser enfrentado con amor y esperanza. Un país donde 85% de su población dice ser católico no tiene motivos para temer. Y no me refiero a lo que podamos esperar de Dios, sino a lo que deberíamos esperar de nosotros mismos porque, si no, ¿dónde está la fe de que hablamos? La fe verdadera mueve a la acción, y en el caso de México dicha acción implica, cuando menos, dejar de pensar en uno mismo para entregarse a los demás, es decir, al propio México. No hablo de colosales sacrificios (aunque siempre serán bienvenidos), hablo de los medios humildes y al alcance de nuestras manos, medios que son, a fin de cuentas y paradójicamente, las grandes obras del espíritu que Dios desea de nosotros.

Seguramente, nuestros ancestros se sentirían muy orgullosos de la patria que nos heredaron si dejáramos de lamentarnos y, sin vergüenza ante el qué dirán laicista y jacobino que nos agosta, nos propusiéramos, como el pueblo donado a Dios por María que es México desde su origen, impetrar abiertamente la única ayuda que puede valernos: la divina. Para ello, necesitaríamos poner en práctica lo arriba mencionado: hacer entrega, pública y privada, de cada uno de nosotros al resto, es decir, olvidarnos de egoísmos. Porque el gran mal de México es el egoísmo, y basta salir a la calle para comprobarlo: a nadie parece importarle lo que le ocurra al vecino, sobre todo si la comodidad o los intereses personales se ven afectados. Con una sociedad así, ¿cómo nos atreveremos a pedir el socorro del Cielo?

Por supuesto, la respuesta se halla en los medios humildes, individual y colectivamente practicados por nuestros abuelos. Aparte de lo dicho, son tres: oración, Comunión y el pequeño sacrificio cotidiano llamado abstinencia. Sé que en el mundo moderno lo que acabo de sugerir suena a locura «oscurantista», pues estamos acostumbrados a agasajarnos tan generosamente como sea posible. Pero, ¿no ha sido precisamente este olvido de Dios el que, centrándonos en nuestros pequeños yos, nos ha traído a la cloaca donde sollozamos? Y cuando digo «olvido de Dios» me refiero sobre todo a esa especie de indiferencia nacional, vergüenza pública de reconocernos deudores de su amor, y por tanto agradecidos con Él. Parece que basta la «democracia» para ser felices. Sin embargo, esto es sólo el cascarón humano de algo podrido en el interior. Es claro que son nuestras almas las que deben ennoblecerse para, abriéndonos al prójimo, lograr así una mejor sociedad. Mas, ¿de qué manera lograrlo si nadie quiere «sacrificarse», si cada uno se halla preocupado sólo por darse gusto? Es aquí donde la magnificencia de la oración y la abstinencia se abren a los demás, haciendo del hombre eucarístico alguien olvidado de sí mismo al cederse, en Cristo, a ellos. Así sea por unos minutos, quien pone en práctica los medios humildes es de los otros, y cuando muchos lo hacen el mundo mejora.

Aún más esplendoroso resulta el espectáculo de una multitud reconociendo abiertamente, en la plaza, su dependencia del amor divino. Hace muchos años las ciudades y pueblos de México salían a la calle a pedir perdón; a suplicar clemencia; a dar gritos gozosos de alegría y gratitud por las mercedes recibidas; en una palabra, a adorar a Dios. En aquel entonces nuestra patria no se avergonzaba de esas demostraciones, y el Padre de Jesucristo la beneficiaba. Su mayor regalo fue y sigue siendo María de Guadalupe. Seamos dignos de ella y, olvidados un rato de nuestras personas, sacrifiquémonos humildemente por México.

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