|
AL MARGEN…
Esa grabación entra en nuestro hogar, y en nuestra conciencia y la de nuestra familia, nuestros hijos, violenta y artera como un ladrón, como un caballo de Troya.
Por Juan Carlos Moreno Romo
No es el contenido por el que pagamos, sea quien sea quien haya recibido ese pago. Nadie nos pidió nuestra opinión al respecto, y sin embargo esa grabación entra en nuestro hogar, y en nuestra conciencia y la de nuestra familia, nuestros hijos, violenta y artera como un ladrón, como un caballo de Troya.
Contentos con nuestro pequeño trofeo —nuestra hora y media de entretenimiento o de cultura, o de placer estético—, lo introducimos en nuestro espacio y lo echamos a andar, con todo y los enemigos nuestros que trae en el vientre, y que de inmediato saltan o se activan y nos atacan por sorpresa.
Por más que intentamos saltarlos con los controles de nuestro lector de DVD o nuestra computadora, los intrusos prosiguen, insolentes, en nuestra propia casa, en nuestra intimidad.
Representan, por lo general, a un padre que presume de listo por haber encontrado la forma de pagar menos por una película. La esposa, cómplice de tan monstruoso acto, sonríe orgullosa o satisfecha. El niño o la niña ocupan entonces el lugar de los adultos, hacia quienes tienen, indignados, unos claros, demasiado claros gestos de reprobación, y a quienes reprenden además, justicieros, con la amenaza de darles ellos también, por ejemplo, unas calificaciones piratas.
Se dirá que es justo que los dueños de éstos defiendan sus derechos de autor, y que ello redunda en beneficio de la creación, y etcétera. Yo lo que veo es que a esos señores les importa más su dinero que el daño que puedan hacer en nuestras familias, y en nuestra sociedad. |