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La última hazaña del «Che» Imprimir
Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 28 de Septiembre 2008

CON PERMISO

Image Así se resume la gloria del «Che»: su rostro en sacos y camisetas, la barba mal crecida y la melena sucia que surge a manojos desde su boina estrellada.

Por Miguel Aranguren

Los disparos en Vallegrande no hicieron eco en las inmensas montañas del altiplano porque los silenciaron las paredes de un refugio del ejército boliviano en el que cayó Ernesto con sus últimos compañeros de rencillas, once meses después de provocar a un gobierno de un país que no era el suyo. Aunque..., ¿cuál era el país del «Che»? Al argentino le regalaron Cuba y enseguida se aburrió de los sones del Caribe. Quería otro tipo de música, la de las metralletas en la selva, la de los fusilamientos en los tapiales, la de las noches de guardia escrutando las luces caprichosas de la hoguera, la de las borracheras con licor de cocina, las de las jornadas y jornadas sin mudar la camiseta, oliendo a bestia, que eso le gustaba: medir las capas de sudor impregnadas en su boina comunista.

Guevara cayó presa como el protagonista de un corrido de cantina, y le abrieron las carnes con un enjambre de balazos, ojo por ojo, diente por diente… Después lo tiraron a una fosa común, como a los perros, para que cuarenta años después barajaran sus huesos, cuando muchos de sus compinches ya han muerto de puro viejos, algunos anquilosados en la tiranía, otros víctimas de esa misma tiranía. Cuarenta años para convertirlo en un anhelo que produce una rica industria con su rostro impreso en un pasquín de mercadillo, en un t-shirt de adolescente caprichoso. Así se resume la gloria del «Che»: su rostro en sacos y camisetas, la barba mal crecida y la melena sucia que surge a manojos desde su boina estrellada.

El mito se ha hermanado con los visionarios que prefieren dar la espalda a las crueldades de la Historia y en Hollywood —donde apenas conocen ningún suceso más allá de sus estudios de cartón piedra— filman hagiografías que no aportan nada a la verdad ni hacen justicia a las víctimas del barbudo.

Los niños de la Cuba que permitió sus excesos han crecido bajo la mirada silueteada del «Che» en un colosal mural que sirvió de escenario a los larguísimos discursos de Fidel y de retablo en aquella eucaristía de Juan Pablo II, quién iba a decírtelo, mi comandante. Ahora apenas despiertas el interés de esos niños de la cartilla de racionamiento que buscan un trozo de pellejo con el que darle sabor a la sopa de todos los días. Ese es el triste triunfo del «Che»: un régimen artificial de cárceles ominosas en las que conviven disidentes políticos con asesinos de baja estofa. La Cuba de la revolución es una extraña mezcla de destino turístico para occidentales y decadentes patios desconchados. Allí se encoge todavía la esperanza, cansada de salvadores que ya no pueden disimular su decrepitud.

Dicen que el «Che» abandonó la isla cargado de añoranzas. El triunfo de la revolución no le llenaba, y se aburría entre su sillón ministerial y los pistoletazos. Lo suyo no era la política sino la aventura, el pelear por pelear contra quien le viniese en gana. Dicen que se emborrachaba de riesgo, que lo suyo era matar y no dejarse morir para vencer y celebrarlo con una buena juerga bajo las estrellas ecuatoriales.

Si hubiese burlado a los soldados del gobierno, el «Che» tendría casi ochenta años. Imagínenselo, panzudo y viejo, quizá vestido con el sempiterno uniforme militar o con el chándal que gasta el enfermo Fidel. Aunque puede que con las refriegas de Angola, Etiopía, Nicaragua, Vietnam..., don Ernesto se hubiese reconvertido a la sociedad de consumo y disfrutara de un chalé en las playas de Florida junto a una familia que al fin consiguió arrebatarle de la cabeza tantos afanes descabalados. Si la Historia se hubiese escrito como quieren algunas, su última hazaña hubiese consistido en tomar Disneyworld. Me juego un brazo.

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