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   Jueves 09 de Febrero 2012   Inicio arrow No. 690 (28 de septiembre de 2008) arrow Ser cristiano: por la vida, la justicia y la dignidad
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Ser cristiano: por la vida, la justicia y la dignidad Imprimir
Escrito por Jorge E. Traslosheros   
Domingo 28 de Septiembre 2008

OBRAS Y RAZONES

Image La Corte en ningún momento declaró que el aborto fuera obligatorio, ni mucho menos que constituyera un derecho, tan sólo mantuvo su vigencia en la ciudad de México.

Por Jorge E. Traslosheros

Por decisión de algunos ministros de la Suprema Corte de Justicia, la ley del aborto de la ciudad de México fue declarada constitucional. La decisión fue un error pues se trata de una ley injusta. Ante tan lamentable fallo me parece necesario detenernos a reflexionar en algunos aspectos que considero de la mayor importancia.

Lo primero que debe quedarnos claro, para no dejarnos sorprender, es que la Corte en ningún momento declaró que el aborto fuera obligatorio, ni mucho menos que constituyera un derecho, tan sólo mantuvo su vigencia en la ciudad de México.

Ahora bien, el hecho de que una acción sea considerada legal no significa que sea buena, ni correcta. En todo sistema jurídico, por avanzado que esté, se encontrarán lagunas, contradicciones e injusticias, por lo que siempre debe estar sometido a permanente reforma y corrección.

Lo segundo que no debemos olvidar es que en una democracia nadie gana para siempre y nadie legisla para siempre, lo que hace de ésta el mejor camino para proponer y llevar a cabo reformas sociales y jurídicas a favor de acciones justas y buenas.

Lo tercero es comprender que la ley no lo es todo. El Derecho, la ley, es expresión de una situación cultural dentro de una sociedad. En el caso del aborto nos revela la profunda confusión que hoy existe en cuanto al valor que se le confiere a la vida del ser humano, por lo menos entre algunos sectores políticos y de la cultura con gran capacidad de decisión. Por un lado, se horrorizan ante la facilidad con que unos hampones matan, secuestran y envenenan a los jóvenes y; por otro, toman la decisión de abandonar a una mujer a su suerte orillándola a que atente contra la vida de su propio hijo. Por un lado se duelen de las víctimas de la violencia, pero al mismo tiempo hacen víctima de la violencia y el abandono a la mujer embarazada. Y de la contradicción que promueven y en la que viven parece que ni se enteran.

Si el Derecho es manifestación del estado de la cultura, o de la cultura de quienes toman decisiones de Estado, entonces queda claro que la lucha no es por una determinada ley, sino por una cultura que en su confusión facilita que existan leyes tan injustas. Así, el asunto resulta más sencillo, que no fácil: de lo que se trata es de reformar nuestra cultura poniendo en el centro de nuestras consideraciones la dignidad del ser humano en toda circunstancia.

No debemos olvidar que, para un cristiano, toda persona está llamada a la trascendencia. Llamado que surge de nuestro profundo deseo de ser felices, de una felicidad y un deseo que sólo puede colmar la presencia misma de Dios. A tal grado es así que el mismo Dios se encarnó en Jesús de Nazaret, se hizo humano para que alcanzáramos por Él, con Él y en Él a Dios mismo. La profunda amistad que existe entre Dios y el ser humano, realizada en Cristo, hace de todos nosotros seres plenamente dignos. Por eso afirmamos que el debate de nuestros días es por la dignidad humana.

Así podemos entender que el problema del aborto no es de ninguna manera ajeno a la experimentación con embriones humanos, la eugenesia, la eutanasia, la explotación sexual de niños y mujeres, el tráfico de drogas, el secuestro, la discriminación del indio y un largo etcétera.

Ante el reto que tenemos enfrente me parece que la elección de un cristiano es clara: por la vida y por la dignidad. Para actuar en consecuencia, ahí donde cada uno de nosotros se encuentre, no se requiere ni ser sabio ni ser santo. Tan sólo ser cristiano.

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