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PANTALLA CHICA
Resulta muy contrastante en este momento histórico hablar del desapego de los bienes materiales, cuando más bien nuestra cultura consumista se centra en lo contrario.
Por Mayela Fernández de Vera
«Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos». ¿Existe en esta frase del Evangelio una clara discriminación hacia todos aquellos que lícitamente han acumulado bienes? No. Se refiere al apego a los bienes materiales de quienes los tienen, y el apego de los que no los tienen y hacen de esta carencia la causa de su infelicidad.
Resulta muy contrastante en este momento histórico hablar del desapego de los bienes materiales, cuando más bien nuestra cultura consumista se centra en lo contrario. La publicidad, que está en nuestras vidas desde que abrimos los ojos, ya sea en las cajas de cereales del desayuno, en los espectaculares en el camino al trabajo y a todas horas en la televisión, nos incita a comprar. ¿Qué? ¡Lo que sea! ¿Cuál es su cebo infalible? La leyenda consciente o inconsciente de que comprando tal o cual producto el consumidor tendrá valor como persona, será feliz. Nada más falso. Cuando nos presentamos ante el sagrario, con la sencilla desnudez de nuestras vidas, miramos la grandeza de Nuestro Señor y reconocemos nuestra pequeñez. Cuando miramos el mar, las montañas, el espacio, no podemos más que reconocer que somos limitados y que nada en este mundo nos hará felices fuera de su amor. No hay vestidos, trajes, accesorios, perfumes, autos, casas ni joyas que puedan añadir un ápice a nuestro ser. Somos quienes somos, recipientes de los dones de Dios. Somos felices gracias a este contenido que nos llena, nos purifica y se transparenta a través de nuestras paredes concretas de persona. Somos felices en cuanto vivimos por Él y para Él. Así decía san Agustín: «Nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta no descansar en Ti». De esta inquietud, de estas ansias de ser felices se aprovechan los publicistas y las grandes campañas de mercadotecnia. Reconociendo el vacío que vivimos en este caminar por la vida, en la televisión se nos ofrecen remedios, cosas y cosas que nos llenen, fantasmas, mitos y baratijas para adormecer esa inquietud, que sólo Dios llena. «Sólo Dios basta», nos dice santa Teresa de Jesús; ésta es una verdad que nos sale al encuentro en la bonanza y nos sacude en las experiencias dolorosas de nuestra vida.
Cuando estemos inmersos en este medio materialista, bombardeados por las exigencias de la televisión y la sociedad consumista, podemos alzar la mirada y pensar en el valor supremo para alcanzar: el amor de Dios. Entonces no habrá precio que nos acongoje, artículo de lujo ni de última moda que nos quite el sueño; sólo viviremos la certeza de ser hierbas del campo, que hoy son y mañana no, criaturas del Señor, invitadas a comprar el Reino de los Cielos, en este mundo moderno, con sus exigencias y prodigios, con sus ventajas y desventajas, viviendo sin apego a las cosas. Si llegáramos a sentir algún vacío en nuestras vidas, podemos llenarlo con la Palabra del Señor alimentando nuestra alma con la Eucaristía y con el servicio de amor a todos aquellos con los que compartimos nuestro camino. Así, cuando alguien por televisión nos quiera vender la idea de que seremos completamente felices por la compra de un producto, reconoceremos que ya somos felices sin éste y sin otros tantos; sabremos que nuestro corazón ya tiene su tesoro en otra parte. |