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La ruta del aborto: ¿es corregible? Imprimir
Escrito por Javier Algara   
Domingo 21 de Septiembre 2008

VÍGÍA

Image Requerirían una movilización de alcance nacional que no se dará mientras el aborto no sea percibido por los católicos como algo gravísimo, cuya corrección merece dedicarle sacrificios sin número.

Por  Javier Algara / San Luis Potosí

Imposible salir fácilmente de la pesadilla en la que nos metió la Suprema Corte de Justicia de la Nación. No nos cabe aún en la cabeza que el tribunal supremo de la nación haya ratificado la constitucionalidad de la despenalización del aborto en el Distrito Federal.

Joaquín López Dóriga y otros comentaristas televisivos endilgaban hace unos días parte de la culpa de esa tragedia nacional a lo que ellos llamaron «tibieza y lentitud» de los obispos católicos mexicanos. No la denunciaron —dijeron los comentaristas— con suficiente antelación o fuerza para que el pueblo hubiese armado una manifestación del tamaño de la que se dio recientemente por la seguridad, y hubiese exigido a los jueces una sentencia favorable a la vida.

No se puede evitar percibir el tufillo soberbiamente anticlerical de tales comentarios; ellos sí saben cómo hacer las cosas en la Iglesia. Pero es claro que esta vergonzosa tragedia nacional sí debe ponernos a reflexionar en lo que posiblemente se quedó sin hacer de la parte católica y a decidir qué hacer para frenar la avalancha de muerte que se cierne sobre el país.

Una primera opción, legal, sería modificar la Carta Magna, para que defina claramente que la vida humana empieza en la concepción. Otra, también de corte jurídico, sería desafiar la jurisprudencia. Obviamente, son alternativas con pocas probabilidades de éxito. Sobre todo, si no se atienden desde la Iglesia las condiciones elementales para que esas ideas cristalicen. Requerirían una movilización de alcance nacional que no se dará mientras el aborto —y el pecado en general— no sea percibido por los católicos como algo gravísimo, cuya corrección merece dedicarle sacrificios sin número. Basta preguntarles a los vecinos o amigos —sobre todo a los jóvenes, los que están en edad de tener que enfrentar esas decisiones— si realmente están convencidos de la maldad del aborto. Las respuestas irán de lo frío a lo tibio. No más. La curva de probabilidades casi lo garantiza.

Es que no hay procesos de formación católica que aseguren una respuesta de absoluto convencimiento (baste ver el reportaje sobre el catolicismo mexicano en el siglo XXI, en El Observador del 31 de agosto, 2008, y las observaciones de Aparecida). Las consideraciones prácticas tienen preeminencia sobre la moral y sobre la voluntad de Dios.

Todavía creemos, optimistas, que la preparación a la Primera Comunión y la Misa dominical nos aseguran todos los elementos para ser cristianos de primera fila, y descuidamos lo elemental. Familia, escuela y parroquia debemos entrar en una dinámica intensiva de conversión y formación verdaderamente cristiana, recuperando el mensaje genuino del Evangelio. Que nuestras respuestas a los hijos y alumnos, así como los consejos sacerdotales, sean «sí, sí», o «no, no», según consejo del Señor, y no «Sí, pero a lo mejor…». Una formación adecuada, siguiendo los patrones educativos de la Iglesia en el catecumenado, ha mostrado que es altamente efectiva en su objetivo de cambiar y educar a las personas. ¿Qué mejor inversión católica de recursos humanos y materiales que aquella, masiva, destinada a formar ciudadanos verdaderamente cristianos?

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