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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 09 de Septiembre 2007

PÓRTICO

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Toda la historia de María es admirable. Muchos se han convertido al cristianismo por su secreta intercesión, pero también a partir de su ternura, de su bondad, de su sabiduría infusa y de la belleza del misterio.

Por Jaime Septién

El gran teólogo Hans Urs von Balthasar escribió en su libro María hoy (Ediciones Encuentro, 1988) que «María vivió, anticipadamente, la dificultad de ser cristiano mejor que todos los que la han seguido.  Por eso, es siempre una ayuda, un ejemplo para la Iglesia entera y para todo cristiano».

En su artículo del domingo pasado, en el Magazine del periódico español ABC, Juan Manuel de Prada dice que «Al haber confiado en una mujer como depositaria de su divinidad, el Dios cristiano había encumbrado la naturaleza femenina», sobre todo porque la mujer, en Palestina y Roma de aquel tiempo, la mujer (y, más aún, la mujer pobre o plebeya) era algo un poquito más que nada.

En verdad, toda la historia de María es admirable. Muchos se han convertido al cristianismo —es el caso de Chesterton—por su secreta intercesión, claro está, pero también a partir de su ternura, de su bondad, de su sabiduría infusa y de la belleza del misterio que sobre su vida se cernió con el Ángel de la Anunciación.

Conocemos poco a María. Nos debatimos sobre asuntos que jamás podríamos resolver si no es a partir de la belleza del Verbo Encarnado. La vía racionalista choca con el «Sí» que funda la Historia. El tratar de describir o de refutar el anuncio del Ángel y el estrecho contacto con Jesús en su seno, solamente se entiende desde la fe, desde el conocimiento de Jesús vivo, histórico, real, humano y divino. María es el primer sagrario de los millones que hay diseminados por el mundo.

Esta breve reflexión, me viene a la mente tras haber leído la novela de Erri de Luca, En el Nombre de la Madre (Siruela, 2007); un relato poético del suceso que cambio al mundo: el embarazo de María, su relación con José, el tiempo del nacimiento de Jesús, el diálogo íntimo, abrasador, que se produce en toda madre con su hijo dentro de su vientre. Es la historia secreta del hombre, en este caso, del Hijo del Hombre.  Bien lo dice de Luca: «En el nombre del padre: inaugura la señal de la cruz. En el nombre de la madre se inaugura la vida». He aquí, relatada en poco más de cien páginas, de María «su grandeza arriesgada, el viaje y la perfecta eclosión de su regazo». La publicidad dice que es un libro que todas las madres deberían leer. Acierta en parte: en realidad, todos los cristianos deberíamos leer en el libro de María, «una madre yunque, fábrica de chispazos», nuestra misión de amor.


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