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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 21 de Septiembre 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

Image Me guardé mis comentarios, pero yo sé lo que es esperar, dejar preparado, agitarse por una visita que no llegará. Y puedo decir que si hay cosas tristes en la vida, ésta, sin duda, es una de ellas; o quizá la cosa más triste de todas.

Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí

Habían estado preparándolo todo desde la mañana, desde que sonó el teléfono y dijo que vendría a la noche, a la hora de la cena o tal vez del café.

— ¿No soy inoportuno, hermanita? —preguntó la voz del otro lado del hilo.
— ¡Dios mío, cómo se te ocurre! ¡Tanto tiempo sin vernos y tú me preguntas eso! Yo soñaba con que vinieras alguna vez, y ahora me dices estas cosas. ¡Por el amor de Dios, Efrén, no estamos en Estados Unidos! —dijo la mujer, es decir, la hermana, haciendo de todo por sofocar la emoción.
— Entonces caigo por ahí a eso de las nueve.

Hay llamadas que alteran por completo la vida de un hogar, y ésta había sido una de ellas. El padre pidió permiso para salir del trabajo antes de tiempo. La madre corrió al supermercado y regresó tres horas más tarde cargada con bolsas y cajas que se le escurrían de las manos y acabaron lastimándole un pie. El hijo limpió su habitación por propia iniciativa (¡cosa inaudita!) e incluso ayudó a su madre a poner la mesa. ¿Cuánto tiempo había pasado sin saber nada de su tío? La última vez que lo vio, éste le había traído de San Antonio unos juguetes que ya ni siquiera existían, pero que él recordaba con alegría y gratitud.

¿Cómo era su tío? ¡Ya casi ni lo recordaba: había pasado tanto tiempo sin saber de él! ¿Y había venido de Estados Unidos únicamente para verlos a ellos, a su familia de San Luis, o estaba de paso y se quedaría sólo unas pocas horas? Nada de esto le quedaba claro al muchacho, pero le gustaba imaginarse que su pariente, antes de partir de nuevo, le diría lleno de interés: «Déjame ver dónde vives, muchacho; déjame conocer tu cuarto». Acomodó sus discos compactos, aspiró las partes más visibles de la alfombra (allí donde ve la suegra, como se dice) y sacó los vasos vacíos que durante una semana habían ido acumulándose en torno a su buró. Por último, preguntó a su padre:

— ¿Y cuánto se quedará el tío con nosotros?
Le hubiera gustado que se quedara mucho tiempo, pero la madre le dijo que sólo esa noche, pues venía de paso, y que a la mañana siguiente se marcharía.
— Es una lástima, pero tú tío es hombre importante; quiero decir, es una lástima que se marche pronto.
La última vez que su hermana lo vio fue en la boda de una prima que ya tenía hijos cuyas edades oscilaban entre los doce años y los trece.

—¡Figúrate, entonces, el tiempo que no lo veo! —dijo la mujer a su hijo mientras entre los dos desplegaban un mantel y lo extendían sobre la mesa. Pero esta noche lo vería. A las nueve. Mas antes de que llegara la hora había muchas cosas por hacer: fregar los pisos, barrer el patio, limpiar los baños, arreglar la cocina.

¿Qué pensaría su hermano —que era tan rico y tan importante— si viera, por ejemplo, un zapato mal puesto o una estufa llena de cochambre? ¡Ni pensarlo! ¡No sabría dónde meterse de vergüenza! La madre —es decir, la hermana del tío— temblaba ante tal eventualidad, y entre las cinco y las siete sufrió un ataque de nervios. ¡La de cosas que le quedaban por hacer! A las ocho, con el baño, se calmó, y dijo para sí misma, encogiéndose de hombros, que había hecho ya cuanto humanamente era posible, y que si su hermano se llevaba una mala impresión de ella ya no sería problema suyo.

A las ocho cuarenta el padre bajó vestido de saco y corbata e hizo una metódica inspección por toda la casa en busca de cosas que pudieran encontrarse fuera de lugar. Para no mezclar los aromas, renunció incluso a fumarse un cigarrillo. También él tenía miedo a causar una mala impresión. Además, los norteamericanos –según le había dicho alguien- odiaban los cigarrillos. A las ocho cincuenta y cinco la madre se quitó el mandil que había vuelto a ponerse después del baño y dijo, resoplando: «Hasta aquí llego yo». Entró a su cuarto a maquillarse y bajó a reunirse con su esposo en la sala entre las nueve y las nueve diez. «¿No ha llegado todavía?», preguntó.

El padre miraba ansioso a través de la ventana, alisándose la corbata; el hijo se había apostado a un lado suyo y también se alisaba la corbata. Ambos miraban a través de la ventana. A las nueve y veinte el padre se quitó de allí y preguntó a su mujer: «¿Sabrá llegar? ¿No se perdería?». La mujer dijo haber precisado bien la dirección, pero que, en caso de que se hubiera perdido, ya habría telefoneado. El esposo asintió con gravedad.

A las nueve  y treinta y cinco sonó el teléfono. Madre, padre e hijo voltearon a verse entre sí no se sabe si alegres o consternados. Nadie se movía. Fue ella quien, por último, al quinto o sexto timbrazo, se lanzó sobre la bocina. Esposo e hijo leían los labios, los gestos, los colores de la mujer. Y ésta, después de haber colgado, trató de leer los labios, los gestos, los colores del padre y del hijo. «Era mi hermano. No pudo venir. Que lo disculpemos. Se encontró un paquete muy bueno para ir a Puerto Vallarta y decidió aprovecharlo. Ahora mismo está en el aeropuerto a punto de abordar el avión».

El padre dirigió la mano derecha hacia la corbata, la aflojó de un tirón y subió arrastrando los pies por la escalera; la madre fue a sentarse en el sofá para mirar por la ventana; el hijo regresó a su cuarto y no salió hasta el otro día por la tarde. Aquella noche, por primera vez en muchos años, las luces de aquella casa se apagaron poco después de las diez.

Yo había ido a visitarlos aquel mismo día alrededor de las 7, y supe de la agitación que los poseía, pero sólo hasta el día siguiente pude conocer el desenlace. Me guardé mis comentarios, pero yo sé lo que es esperar, dejar preparado, agitarse por una visita que no llegará. Y puedo decir que si hay cosas tristes en la vida, ésta, sin duda, es una de ellas; o quizá la cosa más triste de todas.

«Si prometiste, cumple»: esto es lo que dice el libro de Qoeleth (5,3), que es, además, Palabra de Dios. Si prometiste llegar y no llegas, habrás ocasionado una de las mayores tristezas que pueda sufrir un ser humano.

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