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MIRADAS
En el caso que consideramos el efecto no querido es el embarazo, el SIDA o enfermedades de transmisión sexual. Su causa: son las relaciones sexuales indebidas.
Por Arturo A. Szymanski R., arzobispo emérito de San Luis Potosí
En México se ha desatado la discusión sobre la Ley del Aborto, de la cual se han escuchado muchas voces, entre las que sobresalen las de quienes dicen que es un triunfo de las mujeres, ¿Contra quién? Seguro que contra los que creemos que hay principios trascendentes.
En un primer momento cabe preguntarnos: ¿Sin principios trascendentes qué nos queda? Nos queda la llamada «Ley de la selva»: cada quien, con el pretexto que sea, haga lo que se le antoje en el campo de la sexualidad y en otros campos delicados de la vida. ¡Viva «la liberación»!
Y luego nos asustamos de las consecuencias: el SIDA, otras enfermedades sexuales y, viviendo sin una ley moral, aun los crímenes, secuestros y todo lo que estamos viendo y viviendo.
¿Por qué nos asustamos si eso parecen querer para México los que no tienen fe, aunque muchos digan tenerla? Lo que hace falta es que profundicemos nuestra fe.
Con ese antecedente quiero hacer un aporte para los creyentes, basado en una reflexión filosófico moral que con sencillez expongo:
«Si no queremos un efecto (resultado no deseado) no pongamos lo que lo causa».
En el caso que consideramos el efecto no querido es el embarazo, el SIDA o enfermedades de transmisión sexual. Su causa: son las relaciones sexuales indebidas.
Conclusión lógica: si no se quiere el efecto no se pongan las causas.
Esto no es cristianismo sino lógica pura.
De lo anterior se saca una conclusión moral evidente: no tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Ese debe ser el estado correcto de la vida humana.
Conclusión cristiana: las relaciones sexuales deben ser motivadas por el amor y éste debe llevar no a un simple contrato entre dos (varón y mujer), sino a una «alianza» que, por su naturaleza, es indisoluble y se llama «matrimonio».
Las relaciones sexuales fuera del matrimonio son una acción moralmente incorrecta y humanamente irresponsable pues, al no hacerse por amor sino por pasión, la otra persona se usa como objeto (¿desechable?) y se lesiona, queriendo o no, su dignidad que es lo más sagrado en ella.
Para los cristianos esto es un pecado y se llama fornicación. No sé cómo le llamen a esto los no cristianos, pero la realidad escueta es que «el hombre que fornica no respeta a la mujer abusando de ella y la mujer que fornica, alegando la liberación femenina, o es una ingenua o no sé qué será». Consecuencias de un acto sexual indebido: el hombre, después de fornicar, se asea y se dice: «aquí no ha pasado nada», creyendo que no hay consecuencias para su salud y «es un ignorante» pues fácilmente le asechan enfermedades venéreas.
La mujer, además de poder contraer alguna enfermedad, recibe algo en sí que no es parte de su cuerpo, el semen que lleva los espermatozoides, y da algo de sí: el óvulo, pudiendo quedar en ella, como producto de su unión, algo sagrado que debe ser cuidado y a lo que se debe comprometer al haber aceptado entregar su cuerpo, con todo lo que esto implica, a una acción tan seria como es la concepción.
El abuso sexual de una mujer, aunque ella lo acepte, es resultado del «machismo» pues el hombre se puede meter con muchas mujeres y lo más que suele sucederle en el orden físico es que contraiga una enfermedad venérea pero nunca le pasará lo que a la mujer, que además de las enfermedades puede engendrar una vida.
Sin embargo, en el orden moral, si hay un aborto siempre quedará en los dos «un algo» que les perturbará en su vida.
La pregunta más profunda que debemos hacernos no es si es lícito o no el aborto, sino ¿son moralmente lícitas las relaciones fuera del matrimonio? Si contestamos rectamente a esta pregunta se terminarán las discusiones bizantinas sobre el aborto.
¿Como cristianos cuál es nuestra respuesta? |