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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 14 de Septiembre 2008

PÓRTICO

Image El hombre erigiéndose como un dios y legislando quién sí y quién no tiene derecho a cumplir el plan de Dios, ¡vaya disparate!

Por Jaime Septién

En su libro —traducido al español por nuestro colaborador Carlos Díaz—El camino del ser humano y otros escritos, el gran filósofo hebreo Martin Buber (Viena 1878-Jerusalén 1965), haciéndose eco de la tradición del pensamiento del judaísmo, introduce un elemento a mi juicio capital para entender el fondo del debate sobre la «legalidad» del aborto, a saber, que cada ser humano no solamente es querido por Dios sino que tiene una misión diferente y única que cumplir en la tierra; misión que nadie puede ni suspender ni usurpar.

Al hablar de «interrupción voluntaria del embarazo» (que es la engañifa con la que algunos leguleyos nos tratan de vender un asesinato con premeditación, alevosía y ventaja), lo que se está llevando a cabo es una intromisión intolerante (e intolerable) del ser humano frente a la misión y la singularidad de otro ser humano.  En palabras que usted y yo, querido lector, entendemos, esto es, simple y llanamente, una patada en la espinilla de la Creación, un dardo envenenado al Corazón del que solamente quiere nuestro bien y nos hizo a su imagen y semejanza.  El hombre erigiéndose como un dios y legislando quién sí y quién no tiene derecho a cumplir el plan de Dios, ¡vaya disparate!

Como, bellamente, escribió Buber: «Con cada ser humano entra una realidad nueva en el mundo, algo todavía no dado, algo primero y único».  Lo que el aborto «aporta» a la cultura de la muerte es la venganza contra el más débil e indefenso de los seres humanos; el concebido.  Venganza de resentidos, de aquellos que se entristecen por el bien ajeno; de aquellos que no captan que todos los seres humanos tienen acceso a Dios, pero cada uno de ellos de un modo distinto.

«Precisamente –subrayó Buber en su conferencia El camino del ser humano según la enseñanza jasídica— en la diferencia de los seres humanos, en la diferencia de sus propiedades y de sus inclinaciones, radica la gran oportunidad de la humanidad».  El aborto es un crimen no sólo porque priva a un ser del don de la vida, sino, también, porque priva a la humanidad misma de su propia riqueza y la condena –aunque sea simbólicamente—a vegetar sin sentido, entre el desierto de los espejos cóncavos en el que procuran verse (y quieren que nos veamos) los que bailan al son que les toca el amo de este mundo.

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