|
REPORTAJE
Del útero se saca al bebé en veinte minutos; de la mente una no se lo puede sacar nunca
Por María Ángeles Fernández Muñoz / España (Exclusivo para El Observador)
Uno de los argumentos que se utilizan con más fuerza entre los partidarios de la legalización del aborto es el derecho que tienen las madres a «hacer con su cuerpo lo que quieran». Razonamiento, sin duda, más que discutible, ya que no tiene en cuenta que no se está eliminando un conjunto de células sino que se está matando a un ser humano, único e irrepetible y, por supuesto, totalmente independiente de la madre aunque necesite de ésta para desarrollarse. Pero no vamos a detenernos ahora en esta cuestión.
Nos vamos a ocupar de esas mujeres de quienes se defiende el derecho que tienen a eliminar de su seno a su propio hijo pero a quienes se les niega el derecho que las asiste a estar informadas para poder actuar en libertad y, sobre todo, el derecho a ser madres.
Hasta hace unos años, estas mujeres se sentían incapaces de hablar públicamente del aborto al que se habían sometido. Ahora, gracias a la ayuda y el apoyo que reciben desde distintas entidades y asociaciones como AVA (Asociación de Víctimas del Aborto), desean compartir su testimonio, mostrar su dolor y denunciar los abusos, las mentiras o los desprecios que las empujaron a impedir que sus hijos pudieran ver la luz.
«Tomé la peor decisión de mi vida»
Es el caso de Esperanza Puente que, cuando se sometió a un aborto, tenía 28 años y un hijo de diez. «Cuando le comuniqué a mi pareja que estaba embarazada —nos cuenta Esperanza— me dijo que era una decisión mía, pero que era mejor que abortara ya que él no se iba a hacer cargo de la situación. Tampoco conté con el apoyo de mi familia, que nunca había aceptado mi condición de madre soltera. Entonces fui al ginecólogo, esperando en el fondo que me propusiese alguna alternativa. Sin embargo, sólo me dijo que el aborto era un procedimiento muy sencillo, que rápidamente solucionaba el problema».
Elisa se sometió a dos abortos hace más de 20 años; aún no ha logrado superarlo. «Tomé la peor decisión de mi vida —dice Elisa—, llevada por unas ideas que yo consideraba válidas, que abracé como propias, y por no tener algo que contrarrestara esas ideas de un modo razonable. Aborté dos veces. La primera vez porque mi situación no era como yo quería para tener un hijo y la segunda porque mi situación era muchísimo peor. Aquella decisión condicionó mi vida para mi desgracia».
Falta de información y alternativas
Las mujeres a las que se les ha practicado un aborto coinciden en denunciar la falta de información y de alternativas que les ofrecieron los trabajadores sociales y profesionales sanitarios a los que acudieron en aquel momento.
El recuerdo que tiene Esperanza del día en que abortó es de una sala llena de chicas esperando para abortar, «pero nadie hablaba, sólo había caras tristes, muchas chicas lloraban. Me llamaron para que pasara a la consulta del psicólogo. Igual que en mi primera visita al ginecólogo, entré con la esperanza de que me diera otra opción distinta del aborto, pero cuando le dije que este embarazo había sido inesperado y que por mi situación familiar me encontraba mal anímicamente, se limitó a decir que entonces entraba en uno de los supuestos despenalizados por la ley. Después pasé a la sala donde se iba a realizar la intervención. Nadie me explicó en qué consistía, ni cómo me sentiría después. Con una absoluta frialdad, el médico sólo se limitó a decirme que estuviera relajada. De pronto, vi cómo dejaba en un recipiente los restos, en pequeños trozos, del que era mi hijo. En ese momento sentí que mi vida se había ido con la suya».
Todos tienen derecho a nacer
Pilar Muñoz, psicóloga de la Casa-Cuna Santa Isabel, de Valencia (España), explica que las mujeres embarazadas que acuden a este hogar llegan en una situación muy deteriorada desde el punto de vista emocional, «vienen con mucha soledad, muchos fracasos, abandonadas. La única propuesta que les han ofrecido hasta entonces es la del aborto, porque están amparadas por la ley. Pero esa es la gran mentira, porque todo el mundo tiene derecho a nacer. Quizá si una madre viese a su niño dentro no abortaría. A las mujeres que llegan aquí se les atiende durante todo el embarazo y durante el primer año de vida de su hijo. Se les prepara para que inicien una nueva vida. Cuando salen llevan la mejor garantía, su hijo, que se convierte en el motor de sus vidas. Y, además, el centro sigue siendo su casa; aunque ya no vivan aquí cuentan siempre con nuestro apoyo y ayuda».
Pero a la Casa-Cuna van también, en busca de consuelo, bastantes mujeres que ya han abortado. «A partir del aborto empieza su suplicio». Nos cuenta esta psicóloga que «muchas mujeres dicen que la vida ya no tiene sentido para ellas. Llegan con un cuadro psicopatológico grave. Aparecen cuadros depresivos, sueñan con el llanto de un niño pero no ven su rostro, no puede abrazarle. No soportan ver niños a su alrededor y la mayoría sufre lo que llamamos depresión del aniversario del aborto o cuando su hijo hubiera cumplido años. Incluso hay muchas que piensan en el suicidio. Del útero se saca en veinte minutos, pero de la mente no se saca nunca».
Síndrome post-aborto
Esperanza comenta que, tras el aborto, durante mucho tiempo, le invadió un tremendo sentimiento de culpa. «No podía mirar a una mujer embarazada. No era capaz de perdonarme. Ahora sé que sufría el síndrome post-aborto, pero nadie me había hablado de eso antes. Tampoco tenía con quien compartir mi dolor... Hay un enorme silencio por parte de la sociedad ante los embarazos inesperados, y mucho más ante un aborto consumado».
En términos muy parecidos se expresa Elisa. «Me hice culpable a mí e hice culpable a todo lo que me rodeaba, aunque la decisión fue mía porque era el sentido que yo tenía de la libertad, de la independencia». Cuenta también que no tuvo ninguna ayuda, «al contrario, todas mis amistades me decían que no pasaba nada». Sólo después de 22 años «empecé a poder hablar de algo que siempre me ha torturado, que ha condicionado mi vida». A pesar del tiempo que ha pasado, Elisa repite, con los ojos humedecidos por la emoción, «que es un error que no se puede subsanar, no se puede rebobinar». Aunque tuvo después otro hijo recalca que «ningún hijo puede sustituir al que se abortó. Cuanto más veo crecer a mi hijo, más pienso en aquel al que no dejé nacer, cómo sería, qué estaría haciendo en este momento». Esperanza señala que «gracias a la fe y a la ayuda de personas que he ido encontrando a lo largo de estos años, ahora puedo mirar al pasado sin odio ni rencor».
Siempre provoca sufrimiento
Las mujeres víctimas del aborto insisten en que «el aborto siempre provoca sufrimiento, no es la solución. Lo que necesita una madre abandonada es que la quieren y que la apoyen». Edi Liccioli, que abortó «porque no me venía bien tener a mi hijo en ese momento, era muy joven», defiende ahora con energía el «derecho de las mujeres a la maternidad», así como la necesidad de romper el silencio en el que se encuentra la mayoría de las mujeres que han abortado. «Cuando estas personas se han sentido mal, se lo tienen que callar porque no pueden decir que están mal por un aborto; la sociedad no las entiende. Hay que empezar a gritar que queremos información, que queremos alternativas. Tenemos derecho a ser madres». Insiste en que el aborto «toca a la esencia misma de la mujer, a lo más íntimo, a lo más profundo, que es la maternidad. Con el tiempo se va superando, pero siempre queda un punto negro en la vida». Edi denuncia que «lo más espeluznante es que se trata de un negocio que se hace con la vida de la mujer y, sobre todo, de los niños. Es el negocio de la muerte. Muchas personas se están enriqueciendo con el aborto».
Ahora estas y muchas más mujeres quieren compartir su experiencia para ayudar a otras jóvenes que estén pasando por una situación similar a la que ellas vivieron. Por eso Elisa aconseja a las mujeres que se estén planteando abortar que «que se lo piensen mucho, que se informen, que busquen alternativas y, sobre todo, que miren a su interior y se pregunten si van a ser capaces de vivir en paz consigo mismas si matan a su hijo». |