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«Junto a la oración de mi madre, estuvo el trabajo de un sacerdote» Imprimir
Escrito por María Velázquez Dorantes   
Domingo 14 de Septiembre 2008

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE?

Image Sin duda, en el Cielo estará recibiendo la recompensa de su donación, la de un hijo para ser sacerdote.

Por María Velázquez Dorantes

Pascual Cabrera Gea, de Andalucia (España) y en concreto de la provincia de Granada, sacerdote de la diócesis de Guadix -Baza. Hace 71 años nació en un pueblo llamado Huéscar, en la provincia de Granada, y ha estado de párroco en varios pueblos. Ha sido profesor de religión en un instituto de enseñanza media, capellán de hospital, y ahora es párroco, segundo organista de la catedral de su diócesis, así como administrador de dicha catedral y de su museo.

¿Como le nació la inquietud de ser sacerdote?
«Sin duda gran parte tuvo la oración de mi madre en mi vocación. Por eso ahora no puedo menos que agradecérselo y, sin duda, en el Cielo estará recibiendo la recompensa de su donación, la de un hijo para ser sacerdote. Pero junto a la oración como recurso inmediato para seguir esta vocación, estuvo sin duda la presencia y el trabajo de un gran sacerdote en el pueblo donde nací, al que recuerdo como origen y principio de que yo quisiera ser sacerdote, y es que su amabilidad y atención con la gente que le rodeaba me ganó para ser sacerdote como él».

¿Cómo describiría su vida sacerdotal?
«Creo que mi vida sacerdotal se podría resumir en una palabra: fidelidad. Sí, eso ha sido lo que me ha mantenido en mi sacerdocio, el ser fiel a la vocación que recibí, y procurar corresponder fielmente a lo que debe ser un sacerdote: otro Cristo. No quiero decir que yo haya vivido siempre ese propósito, pero sí afirmo que ha sido mi ideal, mejor o peor vivido».

¿Cuáles han sido los retos más simbólicos que ha enfrentado como sacerdote?.
«Dos han sido los grandes retos que se me han planteado en mis 48 años de sacerdote: uno fue allá por los años 65 a 70, después del concilio Vaticano II. Había que poner la Iglesia al día, y para eso dejó el Concilio la tarea bien determinada para todos: obispos, sacerdotes, religiosos y seglares. Entonces, no solo tuvimos que vestir de seglar, es decir sin la sotana, sino poner toda la liturgia en la lengua castellana, poner los altares mirando a la gente, la predicación y la catequesis más adaptadas a la gente de nuestro tiempo. Todo eso supuso estudiar de nuevo la teología, más cursillos, más reuniones de sacerdotes y seglares, etcétera. Ese fue un gran reto. Otro reto, no tan grande ni tan importante como ese, pero para mí ha sido un reto, es el que se me presentó al cumplir la edad de 65 años, edad de jubilación. Le planteé al señor obispo que una gran ilusión mía era el poder tocar el órgano de la catedral, ya que todos los años de mi formación fui organista del Seminario. Lo aceptó y me nombro canónigo segundo organista de la catedral; y ahí empiezo, a mis 65 años, a hacer de nuevo prácticas para ponerme al día en la interpretación del órgano. Como era algo que me gusta mucho, sólo supuso ponerme en contacto con el instrumento, hacer unos cuantos ejercicios y llevar adelante la tarea de ser organista de la catedral. Ahora ya disfruto cada vez que tengo que acompañar en las festividades  de la catedral y tanto que el mismo señor obispo ha llegado a decir que siente no haber sabido antes que tocaba el órgano, porque me hubiera traído antes a la catedral. Estoy contento en esta tarea en la que se alaba al Señor doblemente, ya que «quien bien canta alaba al Señor por dos veces».

¿Que experiencia como sacerdote le ha producido mayor impacto?
«Sobre todo, la experiencia del dolor y del sufrimiento en los enfermos que nos toca visitar y ayudar con los sacramentos. ¡Cuánto amor, cariño,  amabilidad derrochan las familias con sus enfermos, y qué enfermedades tan tremendas tienen que abordar algunas familias, incluso durante años! Y hay que ver la paciencia y el coraje con que lo llevan la mayor parte del tiempo. Otro aspecto del dolor es el de la tragedia de los accidentados, que me tocó vivir como capellanía de hospital, y la impresión tan grande de ver aquellos miembros amputados de su sitio normal en un cuerpo humano, cuando no era el encontrarte con el accidentado que se te muere cuando le estás dando los últimos sacramentos, sobre todo la unción. Otro aspecto de sufrimiento ha sido en este tiempo en el que he tenido que contestar a tanta gente angustiada por multitud de problemas de toda clase, que ha acudido a mí a través de Internet, y que me manifestaban que no tenían a quién acudir para solventar su problema, que me agradecían que les escuchara. Hay mucha indiferencia en la gente para con los problemas de los otros. Creo que hay demasiado egoísmo en el ir cada uno a lo suyo y que nade le caliente la cabeza con problemas ajenos. Eso es terrible. Igual que impactan esas realidades de dolor, también impactan las realidades de alegría, como la de ver la felicidad de unos padres abrazando a su hijo recién nacido, la felicidad del que se ha curado en el hospital, la felicidad de unos recién casados, la felicidad de unos niños que hacen su Primera Comunión. Ya no digamos la alegría que ha experimentado el que ha ido a confesarse con miedo y temor y sale con el gozo de saber que ahí no se comen a nadie, sino, al contrario, se recibe una gran alegría con el perdón».

¿Cuál cree que es la tarea más difícil para un sacerdote?
«Hoy la tarea mas difícil es llevar a jóvenes y niños para ayudarles  a aceptar a Dios en Jesucristo y sus palabras y sus sacramentos; porque los jóvenes de hoy son indiferentes, no se dejan ayudar porque no se creen necesitados de ayuda y, además, sólo buscan lo que les da placer; claro que esto vale también decirlo de muchos mayores que se llaman cristianos católicos: no hay peor sordo que el que no quiere oír».

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