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Nuestra persecución cotidiana Imprimir
Escrito por Juan Carlos Moreno Romo   
Domingo 14 de Septiembre 2008

AL MARGEN…

Image Hay ciertos medios, el «intelectual» entre ellos, y el de la «educación pública», y el universitario, «público» también, en los que está muy mal visto eso de ser cristiano, sobre todo si encima es uno cristiano católico.

Por Juan Carlos Moreno Romo

Hay ciertos medios, el «intelectual» entre ellos, y el de la «educación pública», y el universitario, «público» también, en los que está muy mal visto eso de ser cristiano, sobre todo si encima es uno cristiano católico. Hoy como ayer, está más que visto, los pequeños «señores» de este mundo, los de aquí, de allá y de acullá, querrían reducir a los cristianos —esos «extranjeros» incómodos, esos ciudadanos de la Civitas Dei que ofrecen siempre un insolente límite a sus poderes— a las catacumbas —¡Que existan, si no se los puede anular o aún exterminar, pero que al menos no se vean!

Se trata, en nuestros días, de una oportunidad preciosa, si no de grande, sí de pequeño heroísmo cotidiano: la oportunidad que esos poderosos y a la vez medrosos  señores nos dan para no negar al Señor de todas las cosas, y para no sumarnos cobardemente a los que lo niegan desde la inercia, o desde la fuerza de ese público «nosotros» que ellos representan o se esfuerzan en representar; y desde ese «echarnos bola», entonces, que en permanencia busca intimidarnos para que nos apoquemos, y para que nos sumemos a ellos y también nosotros lo neguemos, volviéndonos esclavos dóciles de las ideologías y de los ídolos de turno.

Nos atacan desde muy pequeños, desde hace mucho tiempo, todo el tiempo. Acaso más de alguna vez, o al menos en más de algún aspecto de nuestras existencias hayamos cedido, y hayamos acogido y repetido por ejemplo aquello de «Yo sí creo en Dios» o, últimamente, mejor, «en una Energía», «pero, desde luego, no en la institución»; o aquello otro de que «los españoles impusieron aquí el cristianismo con la espada»; que está muy bien visto mostrar que uno lo sabe, pues de otra forma sería uno un paria ignorante, más todavía que un pobre obrero o campesino inculto; y eso, además de saberlo, desde luego, hay que reprobarlo, virtuosos y unánimes (con quién sabe quién).

O acaso hayamos también cedido en aquello de que «la Iglesia tiene la culpa del SIDA»; o de «la espantosa explosión demográfica» que hace, desde luego, según se dice, que haya «tanto pobre».

Incluso el en muchos otros aspectos valeroso Octavio Paz se daba buena prensa al corregir, por ejemplo, los harto groseros excesos en los que incurrió la izquierda mexicana cuando estalló en Chiapas la insurrección zapatista, procurando atacar «también» a la Iglesia «por su derecha» (así se miden las cosas en la pobre imaginación hemipléjica de algunos «pensadores» de lo político), acusando a los izquierdistas de en el fondo ser religiosos en su ideología (lo que, desde luego, es muy cierto, pues lo suyo es precisamente una idolatría ideológica), y acusando a la Iglesia (desde su propia ideología «liberal» o «neoliberal», pues él también es «religioso» a su manera, idolátrica ella también) de frenar la modernización de nuestro país por negarse a que nos críen o administren según las normas y los adelantos de la más alta zootecnia, como al ganado.

Acaso los más «cultos» de entre nosotros hayamos cedido a la autoridad moral e intelectual — «mundialmente reconocida», por lo demás— del Nobel mexicano. Y acaso hayamos también deplorado, con los medios que nos lo machacan, el que la Iglesia no se ponga al día con las novísimas tendencias de la (in)moralidad sexual —como el propio Octavio Paz que, en su Laberinto de la soledad, afirma, superficial e irresponsablemente, como buen «intelectual», que el matrimonio como tal mata al amor.

En todas estas cobardías estamos, toda proporción guardada, como estaba Pedro en la casa del sumo sacerdote Caifás, mientras se le armaba al Hijo del Hombre una grosera acusación para proceder luego a un grosero simulacro de juicio, todo ello ante una mayoría exaltada e imponente: solos, como Pedro estaba solo ahí, las más de las veces doctrinal e intelectualmente desamparados.

No sabemos, y nuestra fe flaquea ante el supuesto saber, y nuestro valor también flaquea ante la imponente suficiencia de los otros, que de seguro no la tendrían, no actuarían así si no tuviesen la razón…

Doctores tiene nuestra Santa Madre Iglesia que pueden responder a todo eso, y muy bien, no lo dudemos; pero para que lo puedan hacer es preciso escucharlos, leerlos, estudiarlos. Y para no estar solos hay que estar precisamente con la Iglesia, con la Comunidad de los creyentes.

Sobre todo, la Iglesia tiene al Cristo, su cabeza, al Hijo de Dios encarnado, y al Buen Pastor que no deja que se pierda ninguna de sus ovejas y que, en su infinita generosidad, para curarnos incluso de nuestras cobardías cotidianas, nos pregunta por cada vez que lo hemos negado: «Pedro —o Juan, o como quiera que nos llamemos cada uno, y a cada uno por su propio nombre—, ¿me amas?».
Y es, por otro lado, la de nuestra persecución cotidiana, que ni cesa ni cesará, una hermosa oportunidad que nos da el Señor, como a San Pedro, que al final dio la vida por Él, para decirle abierta y más o menos valientemente que sí, que estamos con Él en las buenas y en las malas, en la mayoría y también en la minoría, e incluso en la soledad.

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