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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 14 de Septiembre 2008

CON PERMISO

Image La sociedad se forja de espaldas al dolor. No se procura comprender los problemas para buscarles la mejor solución, sino que se atajan para que dejen de ulcerarnos.

Por Miguel Aranguren

Cuando comencé a publicar artículos de opinión, con veintitrés años, no sopesé el número de personas que se detiene ante la columna de un periódico, de una revista. Aún hoy, después de tres lustros de experiencia, me conmuevo cuando el director de El Observador me comenta el impacto que mis palabras escritas en la vieja España producen en más de un lector de este México hermano.
 
No sé en qué porcentaje, pero entre los lectores de este semanario debe de haber un buen número de enfermos, de personas que acaban de perder a un ser querido, de gente que se ha quedado sin empleo, de hombres y mujeres más allá de las luces y sueños de la publicidad. Con ellos deseo pasar los minutos que les dure la lectura de este artículo, pues el ser humano tiene tal capacidad de compartir lo bueno y lo menos bueno que recurro a su compañía, por si pudiera contagiarles algo de vitalidad, un poco de la ilusión que me despierta el futuro y cada una de las sonrisas que me regalan mis hijos.

Todo el mundo habla de la solidaridad y si nos trabáramos los lazos que nos ofrecen, no se nos vería un milímetro de la camisa. Los lazos están bien, son una nota que colorea la negrura del dolor, pero el abismo de la enfermedad, de las ausencias y de las frustraciones no puede entenderse hasta que no se padece. Con la vehemencia de mi primera juventud no comprendía las quejas desesperanzadas de quienes sufrían. Suponía que la heroicidad estaba al alcance de todos y que no resulta complicado sobreponerse a cualquier revés de la vida. El tiempo ha pasado y a lo largo de estos años he podido asomarme al abismo del dolor. Ahora comprendo por qué los enfermos suspiran en sus camas y pierden la sonrisa.
 
La sociedad se forja de espaldas al dolor. No se procura comprender los problemas para buscarles la mejor solución, sino que se atajan para que dejen de ulcerarnos. Así, en España se hace bandera del aborto y de la eutanasia como paliativo para la desesperanza. ¡Qué sangrienta e injusta equivocación!

Tengo un amigo que sufrió un accidente de moto con dieciséis años y desde entonces no habla, no se mueve, tal vez no vea, tal vez no escuche, pero es amado día tras día por sus papás, por sus hermanos y por cada uno de los amigos que le van a hacer compañía. Su hermana pequeña, una chiquita que todavía juega con muñecas, le acompaña por las noches antes de acostarse y, tumbada a su lado, le lee un cuento y reza por él y le besa. Los padres de mi amigo soñaron otro futuro para él, pero la enfermedad ha hecho presencia en sus vidas. Podría ser su hogar una cueva de lamentaciones, pero es un fogonazo de luz, un descanso para todos los que desean recargar las baterías de su sonrisa. Sí, hubiera sido más fácil si mi amigo no hubiese sobrevivido al accidente, pero ¿de qué nos sirven las conjeturas? La desesperanza no consiste en temer al futuro sino en renegar del pasado. La familia de la que les hablo acepta el cambio de sus vidas y detrás ven la mano de Dios, el inefable misterio del dolor y la gloria.

Los descreídos pensarán que los padres de mi amigo son personas de otra galaxia, gente que encuentra en la religión un consuelo al que se aferran para no reconocer la amplitud de su desgracia. ¡Qué equivocados! Sé que no hay lágrimas que erosionen tanto la piel como las de aquella madre que, además, ha conseguido que el resto de sus hijos se lancen a la vida con ilusión. Pero son todavía más profundos los surcos de su risa, porque cuando se reúnen alrededor del hijo enfermo hablan de historias alegres, de lo bonito que está el campo, de las trastadas del otro hermano, aquel que precisa de educación especial porque su mente vuela por otros reinos y al que descubren de cuando en cuando rogándole al hermano enfermo que se despierte. «Despierta, Miguelón — le dice—; despierta que te necesito».

La vida, que nos lleva de acá para allá entre el rugido de las cosas, nos tapa los ojos para que no veamos que el amor existe, sobre todo, cuando nos identificamos con la raíz negra del dolor. Una existencia entre algodones en la que complacer nuestros sentidos hasta la hartura, es una existencia hueca. No pretendo realizar una apología del dolor, simplemente lanzo un susurro a los oídos de quienes se sienten solos en su desventura para contagiarles un aliento de esperanza, porque el hombre es la única criatura capaz de convertir la enfermedad, la soledad, las frustraciones… en una espiral de alegría.

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