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LUCES Y AMORES
Lugares de oración, desde hace décadas frecuentemente vemos a nuestras iglesias convertidas en escenografías para el cine y la televisión. Sin ningún pudor, sacerdotes y congregaciones religiosas «prestan» los lugares sagrados de nuestra fe...
Por Alejandro Soriano Vallés
Desde hace 2000 años nuestra tradición siempre ha llamado al templo «Casa de Dios». Damos ese nombre al edificio donde día con día conmemoramos la Pasión de su Hijo; donde lo buscamos; donde, bajo las Especies del pan y del vino, lo encontramos.
Si consideramos todo esto, ¿cómo dejar de venerar la esplendorosa reverencia con que el Pueblo de Dios ha erigido sus templos? ¿Cómo no admirar la riqueza artística y material que en ellos, durante centurias, para gloria de su Dios y consuelo suyo, ha puesto? Las iglesias católicas simbolizan lo mejor de la confianza en el Resucitado. Increíble parecería entonces no sólo que quienes dicen compartir dicha confianza las profanaran, sino, aún más asombroso, que fuesen los encargados de custodiarlas quienes lo propiciaran.
Con indignación hablo de ello, pues ambas cosas ocurren actualmente. Lugares de oración, desde hace décadas frecuentemente vemos a nuestras iglesias convertidas en escenografías para el cine y la televisión. Sin ningún pudor, sacerdotes y congregaciones religiosas «prestan» los lugares sagrados de nuestra fe para que en ellos, pisoteando los derechos de ese mismo pueblo que con sacrificio, ilusión, trabajo, maestría y donaciones los ha erigido, magnates de la industria del entretenimiento sigan lucrando. Y, aunque parezca imposible, lo peor no es esto. Lo absolutamente corrompido es que quienes los «prestan» (uso el término libremente, pues en realidad no supongo que se trate de algo distinto a una «renta», donde el tecnicismo «propiedad de la nación» no puede amparar nada) no se interesen en las tramas de las obras que en ellos van a «escenificarse». Tales obras incluyen tanto situaciones escandalosas como ataques a la Iglesia.
Pongo el ejemplo en que me inspiro: la telenovela Deseo prohibido, de TV Azteca, transmitió el 25 de agosto un capítulo donde —según entiendo— un fulano, homicida de la peor calaña pero hombre «devoto» y «religioso» (!), ora en el presbiterio del templo de San Agustín de la colonia Polanco de la ciudad de México pidiendo a Dios fortaleza para «acabar» (asesinar) a sus contrarios. Repitiendo el más corriente de los clichés del cine estadounidense, este «católico» (para cancelar toda duda llevaba en las manos un rosario y una Biblia) lo «es» por el mero hecho de creérselo él mismo y hallarse en la iglesia de rodillas. Acto seguido, se celebra una «misa» con la que obliga a su familia a estar «unida». La escena tiene lugar dentro de San Agustín (que, supongo, dejó de ser sitio público para los fieles durante la filmación), ¡y en el propio altar!, donde un payaso («actor»), que ni siquiera conoce bien el Santo Sacrificio, simula ser el celebrante.
¿Qué género de impudicia es éste, al que nuestros antepasados, sin pelos en la lengua, llamaron sacrilegio? Es muy claro, además, el mensaje que TV Azteca manda al Pueblo de Dios: «los católicos son hipócritas». ¿Cómo permitimos no sólo tan majaderas complicidades, sino tan descarados ataques? ¿Tenemos atole en las venas? Recuerdo, para que lo meditemos, el versículo bíblico que fuera lema del Santo Oficio: «Señor, el celo de tu casa me consume». |