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CRITERIOS 
Los Evangelios son la fuente privilegiada para conocer la persona, el mensaje, la obra, el misterio de Jesucristo, nuestro Salvador.
Por Mario De Gasperín Gasperín, Obispo de Querétaro La Biblia no es sólo un libro, sino una verdadera biblioteca; escritos que arrancan de tradiciones de unos dos mil años antes de Cristo y que Israel fue incorporando a su fe y guardando en su memoria; los del Nuevo Testamento distan otros dos mil años de nosotros. La Biblia es todo un universo cultural y religioso por donde desfilan los más variados autores y géneros literarios. La exégesis es el arte (la ciencia, habría que decir) de interpretar correctamente los textos sagrados. Hay que tener en cuenta los diversos tiempos y circunstancias en que se escribieron y los llamados «géneros literarios» o las diversas formas culturales de expresar una verdad, una enseñanza, un sentimiento. Todos comunican algo: un contenido, su mensaje, su verdad, pero cada uno lo hace a su modo; de distinta manera expresa su «verdad» un texto legislativo, una parábola o un poema. Los Evangelios son la cumbre de la revelación de Dios en Jesucristo y constituyen un género literario propio. No son propiamente «vidas» de Jesús, escritas por los cuatro evangelistas, aunque contengan datos preciosos de la vida de Cristo. Son un género literario único y original. Son su «evangelio»: lo que Jesús hizo, enseñó y mandó hacer para la salvación de todos los hombres; no son para satisfacer la curiosidad de los devotos o de los sectarios (eso lo trataron de hacer los apócrifos) ni guiones para la televisión. La formación de los Evangelios fue un proceso lento y complicado, que los estudiosos analizan con métodos histórico-críticos rigurosos. Ningún escrito de la antigüedad se ha sometido a análisis tan severos como los Evangelios. Se le suele llamar a Mateo, Marcos, Lucas y Juan el «Evangelio cuadriforme» o «tetramorfo», porque, habiendo sido escrito por autores diversos, usando fuentes distintas, en situaciones particulares y para comunidades distintas unas de otras, sin embargo coinciden en lo esencial: en la presentación de Jesús como el Hijo de Dios, como el Redentor del mundo. Los cuatro son un solo Evangelio «convergente y divergente», y esto es lo que sorprende y garantiza su historicidad. Coinciden en lo esencial y difieren en las aplicaciones concretas de la misma doctrina. Si concordaran en todo, serían copias unos de otros; si se contradijeran, se descalificarían mutuamente. La coincidencia y la divergencia garantizan su veracidad histórica. Los Evangelios son la fuente privilegiada para conocer la persona, el mensaje, la obra, el misterio de Jesucristo, nuestro Salvador. Transmiten la experiencia de los apóstoles, que estuvieron con Él desde el bautismo de Juan hasta su ascensión a los Cielos; narran «lo que vieron y oyeron, lo que sus manos palparon del Verbo de la vida», como dice san Juan. Reflejan esta experiencia histórica, contemplada con ojos creyentes. Contienen la fe de los apóstoles y de los primeros discípulos, lo mismo que la fe de la Iglesia; por eso, sólo pueden comprenderse si se leen con el espíritu con que fueron escritos, con la luz del Espíritu Santo dentro de la fe de la Iglesia. Los católicos no creemos en mitos ni en leyendas, sino en una Persona real y concreta, en Jesús el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro Salvador. Ésta es la fe de la Iglesia desde sus inicios y la tesis fundamental de la obra del papa Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret, que nos comunica con sabiduría y amor. |