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COLUMNA ABIERTA
Con una mezcla de tristeza y rabia escuchamos la esperada noticia: La SCJN ha declarado constitucional la ley a favor del aborto en el vecino principado independiente del DF.
Por Walter Turnbull
Con una mezcla de tristeza y rabia escuchamos la esperada noticia: La SCJN ha declarado constitucional la ley a favor del aborto en el vecino principado independiente del DF.
No se trataba de apoyar el aborto o no. Se trataba de discernir si la ley era o no era constitucional. Era un procedimiento técnico que podía haber resuelto una computadora. Después de un año de cavilaciones, finalmente descubrieron que la Constitución en ningún momento defiende el derecho a la vida.
En realidad fue un poco cándido de nuestra parte pensar que se iba a resolver de otra forma cuando en el resto del mundo la cultura de la muerte se impone sin reparos; pensar que México iba a poner el ejemplo. Hubo propuestas magistrales, pero creer que la mayoría iba a actuar con cordura fue como creer que la mayoría de nuestros atletas iban a ganar medalla. También en los juegos se obtuvieron tres medallas, pero no bastaron para evitar el ridículo. «La razón se impuso al prejuicio», declaró victorioso su alteza serenísima Marcelo Ebrard con su acostumbrada serenidad. Es decir, que afirmar que la Constitución no defiende el derecho a la vida es un razonamiento y afirmar que sí lo defiende es un prejuicio. No es por entrar en discusiones, pero a mí me pareció ver una magistrada argumentando lo horrible que es el rechazo de la pareja cuando la mujer aumenta de peso por culpa del embarazo. ¿Es eso una interpretación racional de la Constitución? ¿Podremos en el futuro justificar cualquier asesinato porque estaba amenazada la silueta de una mujer?
Obviamente, la Iglesia se ha manifestado en desacuerdo y lo seguirá haciendo mientras sea pertinente. Obviamente, ya hubo amenazas por parte del gobierno del DF. El otro día un alto personaje de la corte se quejaba de la «grosera intromisión» de la Iglesia en materia de política por una declaración de los obispos en los medios.
Podría parecer que los autores de estos extravíos soslayan la moral a cambio de un beneficio social. Arriesgan la salvación de su alma por una mejoría para el pueblo. Se desavienen con la Iglesia por amor a la gente. Yo me pregunto si no es al revés: si en el fondo de todas estas posturas pecaminosas no hay una deliberada rebeldía contra Dios, una revancha contra la Iglesia y la doctrina, un regusto en que estas acciones quebranten la moral. Ya alguna vez comenté algo parecido y recibí respetuosas críticas, pero yo insisto: más que ayudar al pueblo aunque eso ofenda a Dios, en el fondo de muchas acciones está el ofender a Dios aunque para eso se tenga que perjudicar al pueblo. Porque, ¿sabe usted?, la rebeldía contra Dios vive en el fondo de cada uno de nosotros, y el enemigo no está pintado, sino que, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. |