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VÍGÍA
La mayoría de votos hizo que lo que antes era visto como un crimen espantoso, en contra de la naturaleza y el derecho a la vida de los niños indefensos, ahora deba ser considerado como una acción meritoria...
Por Javier Algara / San Luis Potosí
Parece ser que las palabras de aquella vieja canción de José Alfredo Jiménez, Camino de Guanajuato, fueron proféticas. Los mexicanos fuimos sacudidos recientemente por un trágico acontecimiento: los máximos jueces de la nación, de quienes uno pensaría que son los ciudadanos con mayor formación moral y profesional, los más sabios y prudentes, decidieron que la vida de los niños no nacidos no tiene valor.
Lo hicieron a pesar de que se les había demostrado inteligente y científicamente que si así lo hacían no sólo desafiarían el sentido común y el sentir de la mayoría ciudadana, sino que abrirían la puerta a un sinfín de crímenes, tan malos o peores que aquellos que en estos días han provocado las manifestaciones ciudadanas en contra de la impunidad. Lo más triste de todo es que, para llegar a esa aberrante decisión, se basaron en los argumentos más crudos y groseros de los promotores del aborto, sin siquiera molestarse en darles un barniz de racionalidad y ética.
No hay espacio aquí para refutar puntualmente cada una de las premisas sostenidas por los magistrados, paradigmas de verdadera insensatez. Los noticieros de TV nos hicieron el favor de mostrarnos al tribunal en acción; cada uno de sus miembros explicó los motivos de sus decisiones. Me referiré brevemente a una de ellas, la del magistrado José Ramón Cossío Díaz, impresionante por su relativismo total, ese que ha sido denunciado por los últimos pontífices como el mayor peligro moral de la humanidad. Explicó el magistrado que él no encontraba elementos de anticonstitucionalidad en la ley aprobatoria de la despenalización del aborto porque esa decisión había sido tomada democráticamente en el poder legislativo correspondiente, una vez que éste había encontrado que las normas morales que antes habían regido la vida humana, personal y social ya no eran válidas.
O sea que, como los diputados del DF concluyen que como en este momento de la historia, a diferencia de antaño, hay muchas personas que afirman que el aborto ya no es un crimen sino un derecho de las mujeres, entonces debe ser así reconocido. La Asamblea Legislativa asumió así el papel de normador moral; ella decide qué es bueno y qué es malo.
La mayoría de votos hizo que lo que antes era visto como un crimen espantoso, en contra de la naturaleza y el derecho a la vida de los niños indefensos, ahora deba ser considerado como una acción meritoria, manifestación de la modernidad de la nueva mujer mexicana. Todo es relativo; no hay bien absoluto, ni mal absoluto; la mayoría parlamentaria es la que decide.
No tardaremos mucho en ver que los congresos locales donde el PRD es mayoría se apalanquen en esa decisión para hacer lo mismo que sus congéneres del DF. De verdad que, en México, la vida, sobre todo la de los niños no nacidos, ya no vale nada. O sólo vale lo que los legisladores, los jueces, los narcos y los mochaorejas quieran que valga. |