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«La batalla principal por la vida no es de orden político sino cultural» Imprimir
Escrito por El Observador   
Domingo 07 de Septiembre 2008

Image Entrevista con Rodrigo Guerra López, doctor en filosofía, director del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV), y miembro de la Academia Pontificia pro Vita. Ha comparecido ante la Suprema Corte como especialista en biofilosofía.

Entrevista para El Observador

Hace unos días la Suprema Corte de Justicia de México (SCJN) ha definido la constitucionalidad de la ley que despenaliza el aborto en el Distrito Federal antes de las 12 semanas de gestación. Este caso se inscribe en el amplio proceso global que anima a una cultura que lastima la vida de las personas, en especial a las más débiles y vulnerables.

Por tal motivo, El Observador entrevistó a Rodrigo Guerra López, doctor en filosofía, director del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV), y miembro de la Academia Pontificia pro Vita. Ha comparecido ante la Suprema Corte como especialista en biofilosofía. Recientemente ha recibido la medalla «Iustitia et Pax»  del Consejo Pontificio del mismo nombre por su contribución en la defensa de la dignidad humana.

¿Qué significa para México que la Suprema Corte haya declarado «constitucional» la ley que despenaliza el aborto antes de las 12 semanas de gestación?

«Esta lamentable decisión de la Suprema Corte tiene un evidente significado jurídico: para los ministros la vida humana no se encuentra protegida constitucionalmente desde la fecundación a través de las garantías que presenta la Carta Magna en su llamada parte ‘dogmática’. Esto sitúa al embrión humano en estado de máxima indefensión durante las primeras etapas de su desarrollo. Sin embargo, el principal significado que posee esta decisión es de orden cultural: la comprensión sobre la universalidad de los derechos humanos ha quedado desfigurada, ya que la vigencia del derecho a la vida queda circunscrita a algunos seres humanos, los que poseen ciertas características funcionales, y no a todos sin excepción. Un Estado que opera bajo esta premisa mina sus propios fundamentos teóricos y pragmáticos».

¿Qué quiere decir que los fundamentos teóricos y pragmáticos del Estado quedan minados con una decisión como esta?

«Un Estado de Derecho no es un ‘Estado de leyes’ sino una comunidad basada en la justicia que anima a las leyes. Bajo esta concepción, el Estado no se legitima a sí mismo sino a partir de sus fundamentos prepolíticos, es decir, a partir de aquel conjunto de evidencias antropológicas que permiten comprender los deberes y derechos que poseemos las personas humanas por el mero hecho de ser personas. Cuando el derecho a la vida no es reconocido en toda su amplitud sino que se restringe a un cierto tipo de seres humanos, el poder se vuelve autorreferencial, es decir, el poder se torna medida de sí mismo, abriéndose así la posibilidad de que todos seamos prescindibles. Un Estado que no protege el derecho a la vida desde la fecundación y hasta la muerte natural incurre en graves contradicciones teóricas y deviene gradualmente en absurdos prácticos, como lo demuestra la historia».

¿Cuáles son las vías para corregir esta situación?

«Desde un punto de vista político, la vía que procede es reconstruir la parte dogmática de la Constitución. Para ello, el poder legislativo tiene una misión que cumplir. Éste es el corazón de una auténtica Reforma del Estado. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, va quedando claro que la batalla principal no es de orden político sino cultural. O, mejor aún, para que los eventuales triunfos políticos a favor de la vida no sean débiles o efímeros, se requiere de un trabajo en el campo de la educación, de la conciencia, de las actitudes y de los compromisos vitales. La batalla que estamos librando es primariamente cultural antes que política. En el terreno cultural están situados los esfuerzos por deconstruir la conciencia a favor de la vida, de la familia, de la sociedad libre y del respeto radical a los derechos humanos. En este terreno es donde tiene que emerger una esperanza diversa a la que surge desde las ideologías de derecha o de izquierda, aparentemente enfrentadas, pero cómplices en su actitud instrumental respecto de los más débiles, vulnerables y excluidos».

¿Qué papel han tenido los católicos en esta controversia en torno al aborto? ¿Qué desafíos esperan a los que actúan movidos por la fe en Jesucristo?

«A pesar de que algunos medios de comunicación quisieron polarizar el debate —‘clérigos’ contra ‘científicos’ –, la discusión en torno al aborto se estableció principalmente en los términos de la embriología, de la filosofía y del derecho. Esto se debió sin duda al surgimiento de nuevos protagonistas que no fueron vergonzantes respecto de su fe y que recuperaron simultáneamente un discurso racional y razonable, sensible a la sociedad democrática y plural en la que vivimos. El moralismo no prevaleció en las exposiciones de los especialistas que defendieron la vida en la Corte ni en la valiente postura de la Conferencia del Episcopado Mexicano, a través de su presidente, monseñor Carlos Aguiar, en la televisión. Tal vez hacia el futuro lo relevante será que los católicos redescubramos la importancia de trabajar comunionalmente de manera estable. Si algo debilita la presencia de los católicos en la vida pública es la división, es el protagonismo fatuo, es la actitud sectaria».

En momentos parece que la fuerza de los católicos es muy pequeña en comparación a quienes, con grandes financiamientos, apoyan causas como la del aborto. ¿Qué debemos hacer para dar viabilidad política a la causa a favor de la vida, de la familia y de la fe en Jesucristo?

«Jesucristo no es un proyecto de acción política, aun cuando exista el deber de transformar el mundo según el Evangelio. Aunque parezca paradójico, lo único que le da viabilidad «política» a la presencia cristiana en la vida social consiste en que nuestra conciencia no quede seducida por las promesas y el glamour del poder político. Los cristianos somos fuertes cuando recuperamos lo esencial: que Jesucristo es una Persona viva que se hace encuentro respondiendo y rebasando las expectativas de nuestro corazón. Cuando advertimos la novedad y la potencia del cristianismo como acontecimiento, una creatividad y fecundidad sin fin emergen como movimiento. Podremos perder batallas pero avanzamos firmes porque la muerte y el pecado han sido ya vencidos de manera definitiva. Nuestra fuerza no descansa en el dinero sino en la certeza de Aquel al que hemos encontrado».

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